Afganistán: muertos y retirada
Kabul, Afganistán. cc IsafMedia

Habíamos olvidado que en Afganistán existe una guerra. A la vez que el nuevo secretario de Defensa de EE.UU., Chuck Hagel,  llegaba a KabuI, los talibán han demostrado que pueden continuar con sus ataques móviles en carreteras y campos y con atentados, alejados unos de otros. Esta vez 18 muertos, entre ellos ocho niños, en Kabul y Khost, a 150 kilómetros. Advierten al presidente Karzai y a los mandos estadounidenses que es imprescindible contar con ellos: o toman el poder directamente o se negocia con sus jefes.

La alianza de las milicias del clan radical de Haqqani, los talibanes y los escasos grupos operativos de Al Qaeda renuevan su ofensiva violenta con ataques simultáneos en Kabul y otras ciudades. Han avanzado sus posiciones del sur al centro y el norte del país. Lugares de los que nunca se habían marchado, porque siempre han formado parte de la base social y de la vida cotidiana del paisaje pastún, etnia mayoritaria del país. Los talibanes habían roto las negociaciones que mantenían con Estados Unidos, gracias a los buenos oficios de Arabia Saudí y de Catar, las dos potencias árabes que ya se superponen en la hegemonía del mundo musulmán. No necesitan el diálogo y tienen nuevas bazas para consolidar su dominio.

La quema de coranes, la masacre cometida por un sargento desequilibrado y otros actos de arrogancia y desprecio protagonizados por soldados estadounidenses han enfurecido a la mayoría de la población, profundamente religiosa.

Un afgano muestra una copia del Santo Corán que supuestamente fue quemada por soldados estadounidenses durante una protesta en BagramEs verdad que en Afganistán ha habido algunos progresos significativos, sobre todo en las ciudades: el acceso a los servicios sanitarios es del 80% frente al 9% en 2001 y la escolarización alcanza a siete millones de personas, de las que un 7% son niñas, cuando hace once años sólo llegaba a un millón y 5.000 niñas. Sin embargo, la coalición internacional no ha conseguido imponer  la democracia, ni el desarrollo y, desde luego, derrotar a los talibanes. Al contrario, el empobrecimiento y las desigualdades económicas son escandalosas, máxime en relación con las ganancias de los técnicos extranjeros y la corrupción de las elites políticas. Muchos jóvenes (un 60% de la juventud tiene menos de 25 años) se suman a las guerrillas como una forma de supervivencia. En una sociedad extremadamente tradicional, que rechaza cada vez con más fuerza la intervención exterior, los grupos extremistas y violentos aparecen como resistentes.

Por otro lado, el gobierno de Kabul se encuentra en un callejón sin salida. Las declaraciones  de  Karzai, en las que exige que las tropas extranjeras retrocedan a sus cuarteles, muestran una dosis enorme de hipocresía y oportunismo. Su insistencia de que el nuevo ejército afgano puede garantizar la seguridad es ridícula: todavía no tiene formación en una guerra con tantos frentes e infiltraciones del enemigo; le falta motivación y la mayoría de la oficialidad es tayika, etnia minoritaria enfrentada con los pastunes. Karzai nunca habría podido permanecer en el poder político y conseguir grandes beneficios económicos sin los soldados de la International Security Assistance Force (ISAF). Karzai está dispuesto a cualquier concesión para salvar sus muebles, ante la progresiva superioridad de la coalición radical y su posible incorporación al escenario político.

España intervino militarmente en este país de Asia Central, en el marco de la OTAN para recuperar prestigio internacional. El gobierno socialista – contradictorio y asustadizo – no quiso llamar a la realidad por su nombre de batalla y habló de una misión de paz y reconstrucción; con el paso del tiempo bastante arrinconada por los medios de comunicación y las autoridades políticas. Desgraciadamente, incluso la muerte en enero del sargento Fernández Ureña pasó mucho más desapercibida que antes. En este momento la denominación es clara: retirada del último “puesto avanzado de combate” en Moqur, aunque los soldados españoles continúan en Herat y Qala-e-Now.

Estados Unidos pretende salir de Afganistán a más tardar en 2014. El presidente estadounidense no quiere incrementar la deuda exterior por una guerra que ya ha costado a EEUU directamente 728.000 millones de euros. Sin embargo, la ruptura de las conversaciones con los talibanes, el desplante de Karzai, la multiplicación de los atentados y la impertinencias de algunos de sus soldados son grandes obstáculos para una salida ordenada. Queda por decidir el destino de las fuerzas de seguridad privadas, decenas de miles de mercenarios incorporados por el Comando de Asia Occidental y Oriente Medio (US Centcom). En la medida que es un negocio rentable, la desmovilización no será prioritaria, a pesar de que su existencia está prohibida por una resolución de la ONU en 1989. Estados Unidos y la OTAN maquillan la marcha de Afganistán con el argumento de que su presencia no es imprescindible, porque el Estado afgano asume sus responsabilidades en la defensa del país. Asimismo, la administración Obama señala que se ha contrarrestado a los terroristas de Al Qaeda y que los talibán se han separado suficientemente de ellos, en definitiva extranjeros. La realidad es más compleja. Las tierras afganas están devastadas; el empobrecimiento es gigantesco; el Estado apenas ejerce sus funciones; la corrupción aparece en todos los niveles; en el Parlamento, después de elecciones trucadas, se sientan criminales de guerra con la máxima impunidad y algunas leyes acarrean retrocesos en los derechos de las mujeres.

 

La salida de las tropas internacionales se produce porque el coste económico de su despliegue allí es insoportable y las ventajas, mínimas. No obstante, la retirada no significa que EE.UU. pierda  capacidad de maniobra e influencia estratégica.

 

El futuro inquieta a los países vecinos. Los países vecinos completan el cuadro de los problemas, aunque tampoco existe solución sin ellos, porque su influencia en cada uno de los contendientes locales es determinante.

Aviones no tripulados “drones” bombardean el norte de Pakistán. Un riesgo añadido a la crisis permanente en este país islámico que se enfrenta a la pobreza; la división étnica; el desprestigio de los partidos políticos; el rechazo a los occidentales y la ambigüedad de un ejército omnipotente ante al ascenso de los grupos religiosos más intransigentes. En Pakistán, un amplio sector del estamento militar – desde antiguos responsables de los servicios de inteligencia (ISI) a oficiales con mando efectivo – censura con dureza a Estados Unidos, al que acusa de espionaje (asunto Davis, un presunto mercenario espía) y de llevar la guerra a su país (ejecución de Bin Laden incluida). Siempre han considerado Afganistán como su patio trasero, porque temen quedar cercados entre un gobierno de Kabul opuesto a sus intereses y la presión de la India. Pero también influyen en su posición la incapacidad de asumir a 2,5 millones de refugiados y, especialmente, la pertenencia de muchos militares de alta graduación a los sectores musulmanes más conservadores, que exigen separarse de Estados Unidos. Existe un tira y afloja tenso y complicado entre las dos potencias, muy arriesgado para Pakistán, porque sus fuerzas armadas reciben millones de dólares de Washington.

 

Dieciséis ex insurgentes se unieron al Programa de Paz y Reintegración de Afganistán en la provincia de Ghor. La ceremonia se llevó a cabo la reintegración en el complejo del gobernador provincial. cc IsafMedia

Dieciséis ex insurgentes se unieron al Programa de Paz y Reintegración de Afganistán en la provincia de Ghor. cc IsafMedia

 

En Estados Unidos aumentan los partidarios de estrechar lazos con la India. Los acuerdos entre Nueva Delhi y Kabul en materia educación, reconstrucción de infraestructuras y comercio (cerca de 2.000 millones de dólares invertidos por la India desde 2001) permiten que el adversario histórico de Pakistán adquiera ventaja en el equilibrio estratégico de la zona. Además de disponer de mayores garantías de seguridad para evitar que la vuelta de los talibanes extienda los atentados yihadistas en tierras indias.

Rusia teme el incremento de la desestabilización en su antiguo patio trasero por la extensión del yihadismo y del tráfico de drogas. Vladimir Putin desearía aumentar la cooperación con los Estados Unidos para evitar problemas; pero solo consigue evasivas. Son señales que abundan en la tesis de que la solución solo puede ser regional.

El repliegue implica la disminución de las políticas públicas de seguridad. El escaso beneficio para los Estados comprometidos en este conflicto se convierte en mayor rentabilidad para las compañías privadas. En enero de 2012 había 114.000 “contratados para la defensa”, una quinta parte procedentes de EE.UU. y la mitad de Afganistán. Es una privatización más de las funciones estatales.

La violencia se intensifica, a pesar de que las cifras de muertos estadounidenses ha descendido de 500 en 2010 a 301 en 2012. En los últimos meses se ha manifestado de otra manera muy preocupante. Integrantes de las fuerzas de seguridad afganas matan a soldados aliados, considerados más ocupantes que amigos. El número de víctimas llega a 50. Una de las causas es el foso entre la población y las fuerzas de la coalición, en gran medida por el desprecio mostrado recientemente por algunos uniformados estadounidenses sobre el islam y la incomprensión de las costumbres locales. El problema es que las FF.AA. del frágil estado afgano no pueden garantizar la seguridad del país: se han producido 24.590 deserciones en el primer semestre de 2012 y de las 23 brigadas del ejército sólo una es operativa.

El International Crisis Group asegura que “existe un riesgo real de que el régimen de Kabul se hunda después de la retirada de la OTAN”. Es la razón de las buenas palabras hacia los talibán y de posibles pactos para salvar unos cuantos muebles. Pero, los radicales no necesitan acuerdos. Hace ya un año proclamaron oficialmente “la victoria del emirato islámico... profundamente enraizado en el corazón de la nación afgana”.

Todo puede empeorar. Ejemplos evidentes podrían ser la próxima guerra civil entre los contendientes afganos y sus consecuencias; el aumento de los atentados en Pakistán; una disputa cada vez más encendida entre las autoridades paquistaníes y la India (potencias nucleares) y la pérdida de los pocos derechos logrados por las mujeres afganas.

En contrapartida, otra sociedad civil sobrevive y se mueve en Afganistán. Las mujeres son protagonistas: Nargis, Sadaf y Sahar son tres jóvenes integrantes del proyecto cultural Kabul Cards. Filman con pequeñas cámaras de bolsillo Flip la situación cotidiana de las que deciden dejarse grabar, como una forma de compromiso, en relatos  cercanos y llenos de vitalidad. Padecen amenazas y agresiones, pero representan la esperanza.

The Kabul Cards, Prologue de Global Video Letters en Vimeo.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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