Afganistán, ¿un Estado imposible?
Especial Afgnaistán
Kabul (Afganistán)

Este país de Asia Central ha sido siempre un complicado rompecabezas, en el que se superponen las fidelidades étnicas (pashtunes, tayikos, uzbekos, hazaras…), los clanes de las diversas tribus y la pertenencia de cada una de ellas a diferentes grupos de solidaridad. Además de los enfrentamientos religiosos, tanto entre la interpretación ortodoxa de los ulema tradicionalistas y los sufíes respecto a los islamistas, como de los primeros contra los chiíes hazara.

 

La existencia de Afganistán como Estado, desde mediados del siglo XVIII, es la búsqueda de una “nación imposible de encontrar” por la identificación histórica de los pashtunes con la existencia de un Estado central, que pretende imponerse sobre el resto de pueblos.

 

Pero, igualmente, por la persistencia -antes y después del golpe de Estado comunista de abril de 1978- de conflictos entre las diversas afiliaciones tribales pashtunes en las ciudades más importantes y en la sociedad rural. El aparato de Estado, fijo en la capital, se nutre de la corte y de la aristocracia (en la época de la monarquía hasta 1973) y, después, de la burguesía del Estado (funcionarios, estudiantes, militares) y de la burguesía comercial del bazar. Todos ellos crean redes y jerarquías clientelistas, la mayoría de las veces corruptas, que defienden sus rentas y aspiran a extender su área de influencia al campo. El poder en la sociedad campesina gira alrededor de la figura del jefe tribal o jan, que pretende ampliar su clientela, ser reconocido como árbitro e incrementar su riqueza sin transformar las estructuras tradicionales, en definitiva sin construir un Estado.

Cada afgano se identifica con una genealogía patrilineal, que existe como un grupo de solidaridad más o menos endogámico (qawm), sea cual sea su componente sociológico: tribu, clan, grupo profesional, casta, grupo religioso, comunidad campesina o simplemente una familia ampliada. No obstante, la configuración como tribu se hace sobre la base de varios grupos de solidaridad ligados por un derecho consuetudinario, una serie de valores específicos y un conjunto de instituciones originales. Son, por ejemplo, la loya yerga (asamblea de los hombres de las tribus o de sus confederaciones) o el pashtunwali, que ejerce de código y de ideología, al mismo tiempo.

 

Pashtunes y passtunwali

 

Dejando a un lado las tesis de algunos rabinos, que establecen genealogías descendientes del rey hebreo Saúl, otros historiadores encuentran el origen de los pashtunes en los paktuos mencionados por Herodoto. Sin embargo, esos pueblos se renovaron profundamente antes del siglo I y, al parecer, fueron los sakas, primos de los partos, los que llegaron a la cuenca del Indo y a los montes Solaiman, frontera actual entre Pakistán y Afganistán, asimilándose a otras poblaciones anteriores y dando lugar a los pashtunes. La denominación afgano aparece en inscripciones sasánidas del siglo III y IV y en autores indios (con el nombre de avagana) y fue asumida por los pashtunes. Al cabo de los siglos, a causa de las invasiones mogolas y gaznawíes, aquellos, con sus tribus durraníes, gilzais y kakar, se extendieron hasta las estribaciones del sur del Hindu Kush.

 

El código pashtunwali, más que la lengua y la cultura, otorga una poderosa conciencia de identidad y permanencia a estas tribus, mediante un sistema de valores comunes, de mecanismos jurídicos y reglas sociales.

 

Son el honor y el orgullo (nang), la espada (tura) y la dignidad personal (pat). El pashtun es el hombre orgulloso y agresivo, figura viril capaz de defenderse a sí mismo y a la trilogía zan (mujer), zar (oro) y zamin (suelo, propiedad), pero que también puede proteger (nang) a los vecinos y dar hospitalidad al huésped, según las normas. Los ataques y los actos de violencia se castigan mediante la venganza, el precio y la sangre, en una reglamentación precisa que incluye la muerte.

 

El Estado afgano se forma en 1747 a partir de una confederación tribal pashtun, encabezada por una dinastía durraní, tras la desintegración del imperio mogol y la rebelión contra el imperio persa safawí –que legó el chiísmo a la minoría hazara- apoderándose de los territorios del Este y asentándose firmemente en la vertiente norte de la gran barrera del Hindu Kush. Afganistán ocupó la mayor parte del territorio entre el Amu Darya y el mar de Omán. Luego, en la práctica, desapareció debido a las luchas tribales

 

Rusia y Gran Bretaña se disputaron estas tierras en el siglo XIX. Puro colonialismo. Los zares apoyaron al jan Dost Mohammed, pero los británico tomaron Kabul e impusieron a Sah Sujah en agosto e 1839. La obsesión del Reino Unido era impedir que Rusia alcanzara los mares cálidos del Índico y amenazara la India. Sin embargo, la resistencia afgana derrotó el 6 de enero de 1842 al contingente británico, al mando del inútil general Elphinstone, en Gandamak después de la terrible retirada de soldados, mujeres y niños por el paso Khoord-Kabul, en medio de las nieves y los disparos de los afganos de Akbar Kan. Sólo llegó a Jalalabad un auxiliar médico de un total de 16.000 personas, El conflicto bélico resurge en 1878-1880, cuando Gran Bretaña tomó Kabul y Afganistán se consolidó como un un estado-tapón entre rusos y británico, cada uno con su imperio. El tercero fue en 1919. Antes, un alto funcionario del gobierno de Su Majestad, trazó la denominada Línea Durand, 2.640 km de frontera, que dividía las áreas tribales pashtunes. Esta fragmentación es uno de los elementos que componen desde 1979 las continuas guerras en Afganistán.

 

Disputa centro-periferia

 

En Afganistán, se establecen legitimidades a partir de la gran yerga o asamblea; la administración, con gobernadores-notables del pueblo, al margen de los janes de las tribus; y mediante la utilización del Islam. Pero en todos los casos el Estado se constituye intentando superar desde arriba, y no por la base, la influencia de los pueblos no pashtunes, que no se reconocen en estas ideas y prácticas, excepto en el Islam. De ahí la debilidad del Estado y las tensiones continuas en torno al territorio, a los recursos, a la administración y a la lengua, especialmente en las zonas persáfonas tayikas y hazaras. Estos pueblos recuerdan los imperios persa y mogol anteriores al Estado afgano y ven cómo el nuevo Estado pretende eliminar sus costumbres y su lengua dari en favor de una recreación de una cultura popular pashtun, elevada al rango de cultura nacional afgana.

Las rupturas en todas estas segmentaciones sociales se incrementaron desde 1978 por las migraciones forzosas derivadas de la resistencia contra los soviéticos y el régimen comunista (más de un millón de personas muertas); la guerra civil posterior y la represión llevada a cabo por los taliban desde que se hicieron con el control de la mayor parte de Afganistán entre 1994 y 1996.

 

Apenas existen relaciones entre Kabul, la capital, donde se concentran los servicios y la administración, y el resto de Afganistán, un mundo rural, abandonado a su suerte o al dominio de los gobernadores designados por la administración central.

 

La separación entre las autoridades y la población es cada vez más profunda porque aquellas rehuyen compartir con la gente los lugares donde se realiza la vida cotidiana: los mercados, como espacio económico, de traslado de noticias e historias y hasta de diversión; las mezquitas, como espacio de oración pero también de poder de los líderes religiosos, que garantizan la educación, la moral y no pocas influencias políticas; y las asambleas o jergas locales y tribales en las que se discuten los problemas.

En un intento por establecer una jerarquía, el Estado central, equivocadamente, se designaron gobernadores y funcionarios en función más de su lealtad que de la capacidad de administrar bien los recursos. Muchos son antiguos “señores de la guerra”, cuya legitimidad se ha renovado al convertirse en diputados en las elecciones parlamentarias y que han formado milicias armadas para consolidar su poder. A ellos se suman buen número de mercenarios que acompañan a las empresas dedicadas a la reconstrucción o los destacamentos militares extranjeros. Unos y otros escapan a cualquier control y autoridad y apenas distinguen en sus intervenciones armadas entre guerrilleros y civiles.

En las ciudades más importantes, sobre todo en Kabul, decenas de miles de refugiados que han vuelto de Pakistán o que han huido de las zonas de combate malviven en pésimas condiciones sanitarias, sin casa ni trabajo. Ni antes, ni ahora, nadie duda que esta miseria –todavía mayor en el campo- es un escándalo cuando al lado los nuevos ricos incrementan sus ganancias con el desvío de la ayuda internacional y el control del cultivo y tráfico de adormideras, que cubre 28 de las 34 provincias afganas.

 

Islam en Afganistán: consenso o conflicto

 

Más allá de las rivalidades entre los el Islam es un elemento de referencia religiosa y política de carácter universal, aunque en su seno se acumulen viejos y nuevos problemas.

En Afganistán el Islam se forja como un valor universal, que pretende superar los pueblos, los sistemas tribales, los clanes y los grupos de solidaridad particulares. Además de un hecho religioso, el Islam es cultura, forma de vida y política. Aunque Dios es uno, allí la práctica del Islam es múltiple, gracias a la interpretación y a su adaptación a las costumbres locales. En la base social se sitúa la religiosidad en la vida cotidiana de los pueblos, como identidad cultural y horizonte común de todas las dinámicas religiosas. La mezquita es el lugar de oración y de encuentro. En ella aparece el mulá, que no es miembro de un cuerpo clerical constituido sino un hombre sencillo, distinguido por su piedad, tradicionalmente procedente de una familia de mulás y elegido por la población mediante consenso. En él recaen las prestaciones religiosas (entierros, circuncisiones, bodas, escuela coránica…)

 

Un islam popular

 

El Islam como religión popular ofrece al campesino afgano sentirse miembro de una comunidad universal (umma) y un sistema de normas (chari´a), que busca superar las limitaciones y particularismos de los códigos tribales y sus instituciones, muchas veces abiertamente opuestas a la chari´a.

 

Un grado mayor de la experiencia religiosa en la sociedad afgana se da alrededor de los sayyad (supuestos descendientes del profeta Muhammad y de sus seguidores) y de los maestros espirituales o pir.

 

Son mezcla de ermitaños, curanderos y narradores, dotados de un halo de prestigio y respeto por su sabiduría. Con los pir se institucionaliza la religión popular en forma de órdenes o cofradías sufíes. El sufismo refleja el misticismo en el Islam, como fusión del yo en el infinito amor de Dios, siguiendo una iniciación espiritual conducida por un pir, a través de un camino (tariqa) por el que se accede desde una interpretación aparente a una revelación oculta y al conocimiento pleno de Dios. Sufíes ortodoxos, que respetan escrupulosamente el dogma, convertidos en ulema o mawlawi (doctores de la ley), o sufíes morabitos, ligados a una familia de varones santos, las cofradías sufíes han desempeñado un importante papel en la resistencia afgana y actualmente en algunas redes de la oposición a los taliban, que los desprecian por sus ritos y cultos, al tiempo que preconizan un Islam purificador frente a un Islam relacionado con formas y vivencias tachadas de supersticiosas y mágicas).

 

Mujeres en el distrito Khwaja Omari en Afganistán

Curso de Formación Profesional para mujeres en el distrito Khwaja Omari (Afganistán). Tomada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Polonia. Bajo licencia Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.0 Generic (CC BY-ND 2.0)

 

Islam dogmático

 

Los ulema dirigen las escuelas coránicas (madrasas) y son expertos en la ley islámica merced a su formación, muchos de ellos precisamente en la gran escuela de Deoband (India) y, después de la partición de la India, en Peshawar, centro de perfeccionamiento de los ulema más conservadores. De allí proceden los taliban. Los ulema tradicionalistas surgen en escuelas privadas, enfrentados a los ulema instruidos en las escuelas públicas regidas por el Estado, exclusivamente en las ciudades, más modernistas y próximos a la intelectualidad, en un intento de controlar la enseñanza religiosa. Los tradicionalistas son mayoritarios y poseen el sentimiento de pertenecer a la comunidad musulmana universal, más que a una nación o tribu en particular. Muchos de ellos extremadamente apegados a la literalidad estricta de los textos, a una reglamentación mecánica, casuística y tradicional, apenas se adaptan al mundo moderno y se quedaron marginados frente a las nuevas élites islamistas, hasta que los taliban recogieron sus enseñanzas más extremas para configurar un poder excluyente.

 

En cualquier caso, los estamentos religiosos pretenden situarse fuera del tribalismo, bien inferiormente como los mollah de los pueblos y las aldeas, o por encima, como los liderazgos sufíes o de los ulema.

 

Las instituciones religiosas, la ley islámica y la yihad se sitúan en permanente tensión con las fidelidades a la tribu, al jan y a las normas tribales, cuyo poder es esencialmente laico, aunque no pocas veces los líderes religiosos tienen que actuar de mediadores.

 

Islamistas y acción política

 

A partir de una voluntad de volver a los textos y a la originalidad de la ley islámica, surgen en este siglo los movimientos islamistas, con una versión política del Islam, que pone en cuestión el poder del tradicionalismo, denuncian las injusticias sociales, aplican la libre interpretación (ichtihad) para adaptarse al mundo moderno y buscan formas específicas de organización. Los islamistas surgen de la red de enseñanza estatal, especialmente de las escuelas técnicas. Censuran al Islam afgano su orientación al sufismo y la falta de una organización política específica, y a los ulema su anquilosamiento en normas jurídicas vacías de dinámica histórica. Los grupos islamistas elaboran una ideología política a partir del Islam, para enfrentarse mejor a los colonialismos extranjeros y a los poderes establecidos.

Si los ulema tradicionalistas fundamentan la política en la ética y el derecho musulmán, los islamistas, impregnados de conceptos políticos occidentales (soberanía, democracia, partido, revolución…) realizan una acción definida primero desde la política y el Estado. La corroboran después en los versículos del Corán, al que vuelven para dar una explicación a los problemas actuales, desde el rechazo a la imitación y a la sumisión (taqlid) y la reapertura del esfuerzo de interpretación personal. Según un punto de vista tradicionalista, sólo los ulema podrían llevar a cabo la interpretación. Sin embargo, los islamistas advierten que ésta puede ser llevada a cabo por el consenso de toda la comunidad de los creyentes, a modo de sufragio universal o mediante la inclusión de intelectuales islamistas en el sistema de los ulema.

Sin embargo, en su choque con la sociedad y el Estado musulmán, que no les permite actuar políticamente, y en el enfrentamiento con los ulema, los movimientos islamistas han perdido la partida. En su deseo de influir en una sociedad de por sí tradicional, la actuación de muchos grupos islamistas, desde los años 80, será dar prioridad a moralización rigurosa de la vida cotidiana y a la implantación estricta de la ley islámica más arcaica, más que a la actuación sobre la política y la economía, en términos de igualdad y justicia. No son ajenas a este deslizamiento la pérdida de base social y la financiación promovida por algunas fundaciones de Arabía Saudí y de organizaciones extremistas de Pakistán, obsesionadas por controlar estos movimientos, a los que temen en un principio. La aparición de los taliban y la red Al Qaeda en Afganistán han sido los mejores ejemplos de esta degeneración de los islamismos políticos.

 

La diversidad musulmana se ha vivido en los últimos años en forma de enfrentamientos violentos.

 

La yihad como guerra defensiva, basada en la solidaridad islámica -que unió a todos los grupos frente a la invasión de la URSS y la dictadura comunista- fue desbordado desde 1992 por la reaparición de una fidelidad mucho más tradicional a cada uno de los jefes tribales (janes) o de los líderes de los grupos de solidaridad. A la agresividad entre los clanes se sumó el choque entre los propios movimientos islamistas. Además, en el conflicto confluyeron lealtades a los jefes de clanes uzbekos turcófonos como Dostum y familias pashtun del Sur y del Este. La aparición de los taliban, de 1994 a 1996, y la formación de su Estado respondieron a un hecho igualmente derivado de una interpretación religiosa: el triunfo de los ulema más ultraconservadores, que se impusieron por la fuerza al resto de tendencias religiosas.

Así como es preciso reconstruir Afganistán teniendo en cuenta las etnias y los clanes, tampoco se puede olvidar el Islam. Pero las disputas religiosas no pueden saldarse con la instauración de una religión tradicional o de un neoislamismo conservador, y todavía menos del yihadismo taliban, que impidan los derechos a las otras tendencias islámicas y no se adapte desde el Islam a los tiempos modernos, incluyendo desde luego el desafío de la libertad de las mujeres, de las minorías étnicas y de los no creyentes. En caso contrario, asistiríamos a la permanencia del triunfo de los extremistas.

 

Imagen destacada: Mercado de Kabul (Afganistán). Por Scott Clarkson. Bajo licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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