Amenazas en Israel
Ultra-ortodoxos judíos anti-sionistas protestan contra los asentamientos en Israel. AP Photo/Khalil Hamra

La lucha en Gaza continuará – con tregua humanitaria o definitiva – mientras no se negocie la gran cuestión de fondo: que la población palestina tenga un Estado propio o que se integre en igualdad de derechos y con justicia en un Estado binacional junto a los judíos. Igualmente, que se aborden asuntos como la capitalidad conjunta en Jerusalén y el derecho de los refugiados palestinos al retorno. De inmediato, es imprescindible el final de las acciones militares y del cerco económico y sus consecuencias en Gaza y, en paralelo, considerar que Hamas figure como un interlocutor en cualquier proceso de pacificación, si no se quiere que su espacio sea ocupado por el extremismo yihadista.

Son condiciones imposibles de lograr, entre otros motivos, por la progresiva e interminable colonización de Cisjordania mediante los asentamientos judíos y, además, por la discriminación de la población palestina en este territorio ocupado y de la que vive en Israel con pasaporte de este país.

 

Las tribus de Israel

 

Muchos judíos israelíes tienen el síndrome de Masada, aquella fortaleza del desierto de Judea en la que decenas de resistentes zelotes y sicarios prefirieron suicidarse a ser eliminados por los romanos, el 74 d.C., al final de la Gran Revuelta Judía. En Masada los oficiales del Ejército juran lealtad y defender a Israel. Ahora, temen el cerco de los árabes y les achacan no reconocer la necesidad de que los judíos tengan su Estado en Palestina para evitar masacres como las que sufrieron a lo largo de la historia. Reiteran que, en cualquier momento, les atacarán para echarles al mar.

Es cierto que los misiles de Hamas, la Yihad y Hezbollah y negar que Israel es una realidad no favorecen la distensión; al contrario. Es una cuestión exigible en un plan de paz. Pero, aceptar un Estado israelí ¿en qué fronteras?, ¿en tierras arrebatadas constantemente a los palestinos?, ¿con una población palestina sin derechos?. La supremacía militar y económica de Israel, su indiferencia ante la destrucción que provocan sus asaltos, la ocupación de Cisjordania y el asedio a Gaza obstaculizan ese reconocimiento.

Los palestinos no son tanto una amenaza como la excusa perfecta, la tensión permanente indispensable para que el nacionalismo del Estado de Israel cumpla su ideología: poseer el máximo territorio de la Palestina histórica y que los habitantes árabes se vayan o acepten la autoridad israelí como personas de un rango inferior.

 

No obstante, la principal amenaza para Israel reside en sí mismo. La tribus de Israel no son doce, como dice la historia sagrada. Equivalen ahora a las múltiples procedencias, tendencias ideológicas y tradiciones enfrentadas, que configuran la sociedad y la política israelíes.

 

Son también las ambiciones y rencillas entre todos los partidos. La reafirmación de un nacionalismo excluyente acarrea aislamiento, autoritarismo e intransigencia, más todavía si está acompañado de la dominación por las armas. Su resultado será una inacabable espiral de ataque y represalia entre los enemigos. Pero el peligro reside también en que buena parte de la población ha abandonado la movilización democrática y ha dado legitimidad precisamente al mesianismo nacionalista y a la militarización extrema.

Otro riesgo para Israel se encuentra en la influencia creciente en la sociedad y en la política de una versión excluyente de la religión y el ascenso de un nacionalismo (laico o religioso) incapaz de convivir con el pueblo palestino, que vivía allí cuando comenzaron las aliyás o migraciones de los judíos a Palestina. Israel ataca a los palestinos sin ninguna compasión y respeto al otro, mandatos tan enraizados en la ética judía.

 

La sociedad y la política, más a la derecha

 

El conservadurismo israelí se desarrolló aún más desde finales de los años 80, cuando la derecha advirtió que el grupo de los nuevos historiadores empezaba a revisar los mitos fundadores de Israel y a criticar la instrumentalización de la amenaza procedente de los árabes y del trauma colectivo de las persecuciones contra los judíos a lo largo de la historia. Existía entonces un movimiento palestino unido, reconocido internacionalmente y que resistía pacíficamente. Ante posibles conversaciones para retirarse de las conquistas de la Guerra de los Seis días en 1967 y un clima social de apertura y modernización laica, se inició un golpe de timón. La negociación con los palestinos se basó en la fragmentación de los territorios ocupados y en la omisión de Jerusalén y del regreso de los refugiados.

 

La derecha laica adquirió una dimensión fuertemente religiosa y los ortodoxos aumentaron su presencia sobre la vida cotidiana y  las leyes, como las que regulan la nacionalidad judía y los matrimonios.

 

Recordemos que el integrismo religioso y el ultranacionalismo provocaron la masacre de 29 palestinos en la Cueva de los Patriarcas en Hebrón el año 1994 y el asesinato del primer ministro laborista Isaac Rabin en 1995. Después, el Estado optó por el cierre de filas nacional y la intensificación de la excusa del “enemigo exterior” para ocultar los conflictos internos, en vez de poner límites al extremismo conservador

 

Mujeres palestinas protestan en 1988 en la Franja de Gaza por el arresto de niños que han lanzado piedras a soldados israelíes. Por cromacom.

Mujeres palestinas protestan en 1988 en la Franja de Gaza por el arresto de niños que han lanzado piedras a soldados israelíes. Por cromacom.

 

En la actualidad, los partidos de la derecha más conservadora, el Likud de Netanyahu, hasta la extrema derecha de Yisrael Beitenu (Lieberman) y  Habayit Hayehudi (La Casa Judía) liderada  por Bennet, portavoz del movimiento de los colonos de Cisjordania, mandan en el Ejecutivo y el Parlamento. El presidente Rivlin es un firme partidario de la colonización. Todos ellos subrayan que Israel es el Estado Nacional de los judíos, el Gran Israel, del Mediterráneo al Jordán, y en el que la relación con los palestinos debe basarse en la hafrada (de ahí el Muro de segregación); la desigualdad y su concentración y marginación en reservas étnicas.

También han crecido las asociaciones y los grupos sionistas y rabínicos cada vez más radicales, en los que abunda la juventud. Uno de ellos es Tag Mehir (El precio a pagar), autor de actos de vandalismo contra las propiedades de los palestinos. Estos grupúsculos extremistas tampoco ven con buenos ojos a los cristianos (140.000, el 1,7% de la población de Israel). No son difíciles de ver pintadas contra ellos y sus símbolos religiosos. Además, el Gobierno ejerce una discriminación visible en cuanto a los apoyos económicos a las escuelas, al profesorado o a la obtención de visados.

El rechazo de gran parte de la población judía israelí a los árabes que viven en Israel (1,5 millones de personas, el 20% del total de habitantes del país) se comprueba en una investigación del Fondo Yisraela Goldblum: un 42% de los encuestados preferirían no tener como vecino a un palestino y que sus hijos no vayan a las mismas clases de los jóvenes palestinos. En gran medida, la responsabilidad de la derechización de los judíos israelíes, especialmente los jóvenes, recae en un sistema educativo que considera a los árabes como enemigos y defiende una seguridad militarizada y no ciudadana, integradora y democrática.

 

Los colonos han forjado su propio discurso. Convencidos de que los Territorios Ocupados forman parte de la Tierra Prometida, justifican esta expansión en la creencia de un mandato divino.

 

Imponen el término bíblico mirnah´lim (quienes recuperan la herencia). Esta actitud se ha alimentado en una cultura basada en la identificación del nacionalismo judío con la necesidad de recuperar una tierra ancestral para un pueblo perseguido, al que la tradición y la historia -reconstruida y mitificada por los recién llegados- otorga los derechos de ocupación. Los colonos ofrecen al resto de los judíos israelíes, inseguros en un país a la búsqueda de su identidad, un refugio salvador en la relación directa con un Yahvé todopoderoso y guerrero que exige el cumplimiento dado a Abraham: “Levanta tus ojos y mira el lugar donde te encuentras, al norte, al sur, al este y al oeste…” Por eso, nunca abandonarán los asentamientos en Cisjordania y exclaman el na ta´akor natua (no arranquéis lo que ha sido plantado). La consecuencia es que Israel nunca permitirá allí la existencia de un Estado palestino viable.

 

Judaísmo no es sionismo

 

Rabí Akíva ben Joseph, gran sabio del siglo II y de las enseñanzas rabínicas de la Misnhá, decía que en el texto del Levítico (19:18) “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” está  la esencia de la Torá, porque igualmente “El que es amado por los hombres, lo es también por Dios” (Pirkei Avot 3:13 Tratado de los padres o de los principios). Se deriva así la máxima “no hagas a otros lo que no quieras para ti” (Hillel, Shab 31 a).

¿Qué tienen que ver estos preceptos con el Estado de Israel? La identidad nacional ha sustituido al judaísmo. 

The following two tabs change content below.
Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
Javier Aisa

Latest posts by Javier Aisa (see all)

Dejanos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *