Infierno en Pakistán
Vigilia por el último atentado a una escuela en Pakistan. ©EFE

El yihadismo violento subraya que es imprescindible purificar el islam mediante las armas, el dogmatismo y el anatema, no con la ética, la espiritualidad ni la solidaridad. Al mismo tiempo, pretende dirigir una reislamización ultraconservadora en el máximo espacio geográfico, con el propósito de convertir a sus tesis al mayor número de creyentes en la religión islámica.

No obstante, algunas de estas organizaciones actúan en respuesta a problemáticas locales y regionales. No obedecen  especialmente a una decisión tomada en un centro de poder único (sea Al Qaeda o el Estado Islámico) que determina anticipadamente cómo, dónde y contra quiénes ejercer su acción terrorista.

Es lo que sucede en Pakistán y Afganistán, regiones del Asia Central pobladas por más de 200 millones de musulmanes. Estos dos países (Af-Pak) han sido instrumentalizados geopolíticamente por viejos imperios y nuevas potencias (desde el siglo XVIII a la actualidad) como Rusia, Gran Bretaña, Unión Soviética, India y Estados Unidos. Con estados frágiles, en ellos se acumulan disputas étnicas y clánicas; el choque entre costumbres arcaicas y la modernización y también diferentes interpretaciones del islam, en una situación de empobrecimiento, resultado del poder de los terratenientes y de los traficantes de negocios, drogas y armamento.

 

El terrible atentado contra la escuela de Peshawar muestra una primera evidencia. En Pakistán, la población más joven quiere educarse y cambiar la lacra de que 25 millones de niños y niñas estén sin escolarizar. Al contrario, los radicales han quemado ya 1.000 escuelas en el norte del país, porque no se enseña el islam reaccionario que ellos exigen implantar. Asimismo, para estas bandas cuenta, en términos prácticos, que es más fácil cometer una masacre en una escuela que en el asalto a un cuartel. Sin embargo, al fondo del escenario se distinguen otros factores más profundos.

Y es que en el nordeste de Pakistán existe una guerra (40.000 a 50.000 muertos) contra el gobierno y el ejército desde que en 2004 yihadíes pashtunes (mayoría étnica en la región y en Afganistán; minoría en Pakistán) se rebelaran contra el régimen de Islamabad por su apoyo a los Estados Unidos en la guerra civil afgana contra Al Qaeda y los talibanes, después de los atentados del 11-S. Uno de los herederos de esa contienda es el principal grupo yihadí de Pakistán, Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP). Fue creado en 2007, a consecuencia del ataque militar contra los extremistas musulmanes que se habían refugiado en la Mezquita Roja de Islamabad.

 

El TTP busca añadir la intolerancia de un radicalismo agresivo a la reivindicación pashtún, entendida como etnia dominante y excluyente en la región, para quebrar la unidad de Pakistán o renovar su llegada al poder en Kabul.

 

En febrero de este año, el primer ministro paquistaní Sharif emprendió negociaciones con los insurrectos. Quería prevenir los problemas que se derivarán de la salida de las tropas extranjeras de Afganistán y el posible vacío regional en términos de seguridad. Asimismo, debía salvaguardar su feudo, el Punjab, del TTP y de las acciones de otros grupos radicales suníes. Por otro lado, mediante la pacificación, su intención era dinamizar la economía del país, hundida por un sinfín de atentados: 1.700 en 2013, más de la mitad cometidos por el TTP. El desenlace, un completo fracaso.

Debilitados por los bombardeos de los drones estadounidenses y también por sus rivalidades internas sobre si combatir sólo en Afganistán o en Pakistán, ha predominado entre los talibanes el sector más duro. Son aquellos proclives al yihadismo de tendencia wahabí, liderados por Maulana Fazlullah, denominado el “mulá Radio” por sus predicaciones partidarias de una ley islámica rigorista y de la lucha sin cuartel contra Pakistán. Fue designado emir en 2013, después de que los dos anteriores, Baitullah y Hakimullah Mehsud, fueran liquidados por EEUU.

 

El ataque en Peshawar, de gran envergadura, es igualmente una demostración de fuerza destinada a torpedear cualquier negociación, especialmente cuando el blanco ha sido una escuela de hijos de militares.

 

Pero, las circunstancias se retuercen. En esta región tan dada a la intromisión de los servicios secretos, algunos opinan que la inteligencia de Afganistán apoya a la red de Fazlullah, refugiado en las tierras afganas de Kunar y Nuristán. Su intención sería controlar amenazas mediante alianzas. Precisamente, cuando Al Qaeda se ha reinstalado en Nangahar, en la frontera paquistaní, y en Kunduz, en el norte. En contrapartida, los talibanes nacionalistas del mulá Omar han condenado el atentado. Al lado de las organizaciones de Haqqani, Hekmatiar y otras, combaten contra Kabul y la OTAN. Todos ellos tienen sus bases en Pakistán y sus mentores han sido siempre los servicios secretos paquistaníes, el omnipotente ISI.

Una de las esencias del ejército de Pakistán es influir decisivamente en Afganistán. Para los generales, su vecino del norte representa la retaguardia estratégica frente a su competidora histórica, la India, con la que se disputa Cachemira, de mayoría islámica. Asimismo, merced a su doble juego con los talibanes y a la derrota de los que son sus más acérrimos enemigos en la red extremista, los uniformados exigen mantener la unidad y cohesión en un país fracturado debido al centralismo punjabí. De paso, desactivan el peligro de la reivindicación de un Pashtunistán autónomo. Kabul no ha legitimado la frontera que sigue la línea Durand en 1893 establecida por los británicos, ya que le arranca tierras pashtunes. No es menos importante frenar el avance del TTP hacia el interior de Pakistán y que se sume a otras organizaciones radicales decididas a apoderarse de este país, inmerso en un islam profundamente tradicionalista. Su extensión alcanza a ciudades del sur, como Karachi.

La batalla contra los extremistas centra la política del gobierno. Pero sus esfuerzos por conseguir un Estado viable deberían acompañarse, con la resolución de dos desafíos, entre otros. El primero, disminuir la pobreza: una tercera parte de los 180 millones de paquistaníes – con  un 45% de analfabetismo –  sobreviven enfangados con menos de tres dólares al día, mientras 43 familias dominan la tierra, el campo, la banca, los seguros… Otro reto, político por más señas: solucionar el fallo del Estado, debido a un régimen de clanes, liderados por cuasi señores feudales, entre ellos los Sharif, Bhutto, Khan…, que forman parte de esos círculos privilegiados del poder, ligados a los clientelismos regionales. La crisis de la democracia es el mejor caldo de cultivo para el radicalismo yihadí.

 

 

Imagen: Vigilia por el atentado a la escuela de Peshawar (Pakistán). ©EFE.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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