¿Intervenir en el Sahel?
Mezquita de Tombuctú

Sahel significa costa y nombra al espacio geográfico, del Atlántico al Mar Rojo, que comunica el sur del Magreb con el África subsahariana. En gran parte desierto y población esencialmente nómada, fue ruta comercial del norte al sur y de las caravanas de los reinos africanos hacia el Mediterráneo. Ahora se ha convertido en un polvorín, devastado además por la sequía.

 

Por el Sahel circulan el 40% del tráfico de drogas del mundo; miles de inmigrantes, muchos prácticamente esclavos; y decenas de grupos extremistas dedicados al contrabando, el secuestro y el terrorismo.

 

La acción de estas milicias – con denominaciones referidas a la fe, islam, yihad… como forma de propaganda y principios retóricos – se extiende por Malí; sur de Argelia; norte de Níger y Nigeria; Mauritania y hasta Somalia. Su intención es ganar la disputa en el seno del islam sobre la interpretación del mensaje profético, los textos sagrados, la ley islámica y su aplicación en la vida diaria. Los yihadistas predican una soberanía divina omnipresente y totalizadora, a partir de la unicidad de Dios en su pureza más absoluta, que exige obediencia y sometimiento. Para ellos no caben las expresiones del islam popular magrebí, tejido de cofradías y morabitos de la mística sufí, del culto a los santos y del apego a las costumbres locales, sincréticas con la religión musulmana.

 

La supremacía de estos radicales ha aumentado por los suministros y fondos procedentes de algunos países del Golfo, que buscan ampliar su peso económico, comercial y religioso.

 

Pero, asimismo, porque han logrado penetrar en la religiosidad de las gentes y controlar sectores de la economía básica regional, mediante una cuota en todo tipo de tráficos, secuestros y blanqueos de dinero.

El 7 de julio se reunieron en la capital de Burkina Faso las autoridades de los países de la Comunidad Económica de los Estados de África del Oeste. Su decisión es intervenir militarmente en el norte de Malí para contener la amenaza extremista. Francia prestaría ayuda logística y diplomática. Ahora bien, ninguna guerra es desinteresada y crea más problemas que soluciones justas. El gobierno galo pretende recomponer la antigua red Françafrique, un complejo sistema de relaciones políticas y económicas para obtener mejores contratos en la explotación de la minería, los hidrocarburos y la distribución de los recursos agrícolas. La posibilidad de abrir una base militar en el norte de Malí es una razón más para esta colaboración. Por otro lado, los estados de la CEDEAO y sus dirigentes aspiran a mayor protagonismo; legitimidad internacional, cuando muchos son regímenes democráticos sólo de fachada; y, en definitiva, supervisión del proceso de transición de Malí. Exigen un gobierno más presidencialista y bloquean acuerdos de pacificación desde la base social y no entre las elites. Por este motivo, la población y los partidos y asociaciones malienses están divididos respecto a la intervención. E.E.U.U. ha mostrado sus reservas en un momento electoral y de ahorro de gastos militares en el exterior. Otras dificultades evidentes son la escasa preparación de los ejércitos de estos países africanos; la falta de medios materiales y económicos y la ausencia de un proyecto político y de desarrollo globales para toda la región. Tampoco existe un liderazgo creíble.

 

Esta previsible injerencia armada crearía más violencia, porque los radicales religiosos han anunciado nuevos atentados en las capitales de los países que participen y más grupos tuaregs (Níger) podrían sumarse a la rebelión.

 

Argelia es el estado más fuerte en poder económico y militar y en capacidad diplomática. Contrario a intervenir, ha optado por negociar.  Propone una conferencia nacional, que inicie una dinámica democrática, con gobiernos más representativos e integración real de las identidades étnicas  y la implicación de todos los actores, especialmente el MNLA tuareg y los radicales de Ansar Dine. Su intención es que el movimiento tuareg se desligue completamente de los yihadistas locales y que éstos rompan sus conexiones con Al Qaeda del Magreb, auténtico enemigo de Argelia. El presidente Buteflika quiere evitar que una operación armada provoque un caos regional similar al de Libia y que la presencia de potencias occidentales quiebre la soberanía e independencia de las instituciones africanas. Los únicos límites en este proceso son el respeto a la integridad territorial y la renuncia al terrorismo.

 

La liberación de los empleados consulares en Gao y de los cooperantes confirma que la opción pacificadora es realista y positiva.

 

Sin embargo, en el Sahel asistimos a un riesgo mayor: faltan alimentos para 19 millones de personas. Esta nueva crisis humanitaria es el resultado de una sequía insoportable y de cosechas mínimas.  Tiene causas más profundas, provocadas por errores en los modelos de desarrollo: los gobiernos son incapaces de acumular reservas agrícolas para los años de escasez; los mercados internacionales incrementan cada vez más los precios de las semillas y de los productos básicos y la irrigación no se realiza de forma adecuada. La inseguridad regional por la hegemonía de las facciones armadas agrava la situación. Por lo tanto, sí que debemos exigir una intervención pacífica allí. Con un propósito imprescindible: contrarrestar el hambre que ya comienza a devastar la región y contribuir a erradicar esta plaga definitivamente.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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