Malí, malestar de África
Militares golpistas de Mali hablan a la cámara de televisión

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

Las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

 

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.

Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.

 

La crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras

 

Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.

En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.

Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75% de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGDs, dedicados a salud, agua, infraestructuras… Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.

 

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004)

 

Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez maś a las zonas tribales afgano-pakistaníes.

El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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