Malí y Argelia entre dos fuegos
Fotografía cedida por la compañía petrolera noruega Statoil que muestra la planta de gas en In Amenas, Argel. (EPA)

Argelia no quiere implicarse militarmente en Malí porque defiende que los problemas africanos deben solucionarlos sus Estados. Decidió impulsar negociaciones políticas y no operaciones militares. Así ha sucedido con los tuaregs. Francia y Estados Unidos le acusaron de no asumir sus responsabilidades como potencia regional. Pero Argelia ha rechazado las ambiciones francesas de establecer nuevas bases militares, especialmente en el Sahel – su patio trasero –   y de controlar en exclusiva los recursos regionales.

Sin embargo, las presiones han sido más fuertes que el equilibrio de Buteflika. El presidente argelino  autorizó que la aviación gala surcase su espacio aéreo. No jugar en la partida le habría impedido ofrecer una solución política si la guerra se complica. Asimismo, porque en su proceso de reafirmación del Estado ante un futuro incierto prefiere no arriesgarse a que Francia y EE.UU. establezcan lazos con los opositores, que reclaman más reformas y libertades.

No obstante, el límite  entre la paz y la violencia estaba claro: que los yihadistas no actuaran en Argelia, vencidos en los 90 los Grupos Salafíes de Predicación y Combate, antecesores de Al Qaeda en el Magreb Islámico. La violencia de sus fuerzas de seguridad contra los terroristas ha demostrado energía. Pero la provocación ha cumplido su propósito: quebrar la política conciliadora de Argelia. La satisfacción de los partidarios de la operación militar de Francia ha sido inmediata. Si el régimen argelino amplía la actuación de su ejército, quedará atado a las maniobras del Elíseo y perderá autonomía política, gracias a la aventura francesa, que puede incendiar el Sahel y afectar a la economía y a las fronteras.

El yihadismo ha demostrado en Malí y el Sahel la naturaleza de esta tendencia religiosa y política. No es una ideología emancipadora, sino profundamente reaccionaria. Instrumentalizan la religión para aplicar agresivamente una visión dogmática y penalizadora del islam y de la chari’a. Son enemigos del islam auténtico, popular, tradicional, arraigado en símbolos, mezquitas, mausoleos de los santos, peregrinaciones y costumbres locales. Con la obediencia a las predicaciones de imames  en su intento de dirigir el Islam, estos grupos – que elevan la violencia de un yihad falso a sexto pilar islámico – se benefician del empobrecimiento y debilidad de Malí, Níger, Chad, Sudán, Somalia y el norte de Nigeria. Aunque los yihadiíes proclamen la obligación de combatir a los infieles extranjeros, son responsables de haber desencadenado la respuesta armada gala.

Malí padece una crisis múltiple y permanente. Posee riqueza agrícola, minera y un potencial enorme en hidrocarburos. No obstante, está hundido en la pobreza por  la voracidad de las inversiones francesas; las exigencias económicas internacionales y el despilfarro y la corrupción de sus dirigentes,  algunos implicados en el tráfico de droga (de 40 a 80 toneladas) desde el golfo de Guinea.

Las elites políticas se alejaron cada vez más de la población y la democratización del Estado quedó ahogada en una “política del consenso”, impuesta por ATT, derrocado en marzo del año pasado, contra la libertad de opinión y la disidencia. Después de la rebelión de los oficiales de menor graduación, liderados por el capitán Sanogo, contra los generales, el presidente incapaz y los políticos inmorales, los países vecinos de la CEDEAO decretaron un embargo y frenaron el golpe. La descomposición del Estado, que ejercía un poder centralizador, acarreó que la insurrección tuareg derivara un mes después en la declaración de independencia de El Azawad.

El proceso de transición acordado por las fuerzas políticas hacia unas elecciones libres apenas ha dado resultados. Un orgulloso Sanogo aspira a convertirse en nuevo “guía patriótico”, decide en los asuntos militares y presiona a los políticos. El presidente interino, Dioncounda Traoré, y el primer ministro, Modibo Diarra, obligado a dimitir por los militares y sus partidarios, atienden a su imagen internacional y no a las necesidades de la gente de la calle. Más de lo mismo en África: patrimonialización del Estado y marginación de la sociedad civil.

Un soldado francés patrulla las calles en la ciudad de Gao © REUTERS/ Francois RihouaySolo el llamamiento a que Francia actúe contra el enemigo principal  yihadista y recupere la integralidad de Malí une al poder, a la oposición y a la mayoría de la población. París y la CEDEAO pretenden legitimar su intervención con este consentimiento, aunque signifique una pérdida de soberanía para Malí y la consolidación de su dependencia exterior. Otra de las constantes políticas africanas: las injerencias extranjeras. El presidente François Hollande ha movido sus fichas como un gendarme regional antes de que cayera en el ovido la operación conjunta con soldados africanos. El delirio de los yihadiíes le ha dado la justificación para luchar en África. Contrarrestar la violencia yihadista, no debe ocultar que la presencia militar directa permite asegurar además los  intereses franceses en la región: acceso más conveniente a contratos de explotación de los hidrocarburos y minerales (Touadenni, Tamesna, Iullemeden, Nara, Gao); ventajas en el comercio de materias primas y manejo de la política monetaria de los países de la zona del franco CFA. Nada original, sino la continuación de la arrogante supremacía de Francia en este continente. La denominación exacta es neocolonialismo y no tanto solidaridad.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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