Tailandia: técnica del golpe de Estado
Soldados apostados en la entrada del Club del Ejército. Imagen: ©Reuters

La ley marcial; la suspensión de la Constitución, del Parlamento y del Senado; la censura de los medios y el control de internet; las detenciones de líderes políticos, entre ellos  la ex primera ministra Yingluck Shinawatra, y los blindados en las calles son características claras de un golpe de Estado. Pero el mejor ejemplo de la interrupción del proceso democrático en Tailandia es que los militares han depuesto a un gobierno ganador en las urnas el mes de febrero con el 53,8% de los votos. La oposición boicoteó los comicios y tampoco reconoció los resultados, como una acción más en su intento – constante y gradual – de hacerse con el  poder absoluto.

 

Protagonismo militar

 

El jefe del Ejército tailandés Prayuth Chan-Ocha

El jefe del Ejército tailandés Prayuth Chan-Ocha

 

El general en jefe, Prayuth Chan-Ocha, quiere dar apariencia de legalidad a la asonada con una ley de Seguridad de 1914, la época de la monarquía absoluta, que permite la injerencia de las Fuerzas Armadas en momentos de crisis. Sin embargo, la Constitución de 1997 canceló esa norma. El alto mando añade que su objetivo es solucionar el enfrentamiento permanente entre los partidarios del clan Shinawatra y del líder opositor Suthep Taugsuban, que impide la estabilidad del país. Para demostrar su neutralidad, la Junta Militar se ha autoproclamado Consejo Nacional para la Paz y el Orden, retiene a varios dirigentes contrarios al gobierno – incitadores y satisfechos con el golpe – y asegura un regreso rápido del poder civil. Estos hechos no dan mayor credibilidad a los militares. La desconfianza es inevitable cuando los uniformados han realizado 18 pronunciamientos desde 1932 y han gobernado más o menos directamente alrededor de 20 años. Ninguna de esas actuaciones ha consolidado la democracia en el país, ni ha eliminado las desigualdades sociales o ha logrado pacificar el conflicto con las guerrillas musulmanas del sur. En cualquier caso, todos los gobiernos de Bangkok, de mayoría étnica y cultural tai, han sido incapaces de reconocer la diversidad de los pueblos y religiones que componen Tailandia.

 

 Las intervenciones del Ejército fueron especialmente sangrientas en 1973, 1976 y 1992, con varios centenares de estudiantes muertos, que protestaban contra la monarquía y las dictaduras militares.

 

En 2006 las tropas destituyeron al primer ministro Taksin Shinawatra, respaldado por la población más empobrecida, aunque tan autócrata y corrupto como quienes se han enfrentado con él y su familia. Es el origen de la crisis que ha conducido ahora al paso al frente del Ejército. En 2010 la represión militar dejó en las calles 92 muertos, después de los choques entre los “camisas rojas” del Frente Unido por la Democracia contra la Dictadura, seguidores de Taksin, expulsados entonces del poder, y los “camisas amarillas”, leales a la familia real y al conservador Partido Demócrata.

 

Rivalidades poderosas

 

En esta tensión de ambiciones políticas y disputas económicas, el Ejército, los opositores al gobierno y las elites enriquecidas por el desarrollo de Tailandia coinciden en la necesidad imperiosa de eliminar definitivamente del escenario político a la familia Shinawatra. El jefe del clan, Taksin, un multimillonario de las telecomunicaciones y antiguo coronel de la policía, consiguió arrancarles un pedazo de la tarta política y económica, entre 2001 y 2006, gracias al apoyo que le prestaron las gentes más sencillas. ¿Por qué? Valgan dos ejemplos: las subvenciones al campesinado de los arrozales – a pesar del fracaso económico provocado por el descenso de los precios – , las mejoras en los servicios sanitarios y educativos y el acceso a créditos. De estas medidas ha podido beneficiarse la población sin apenas recursos. Sin embargo, por esa manipulación electoralista, no pocos integrantes del movimiento de los “camisas rojas”, partidarios de los Shinawatra, han criticado también los intereses de Taksin y su ejercicio personalista del poder. Ahora se encuentra refugiado en Dubai para escapar de un proceso por corrupción.

 

De paso, Taksin incrementó sus negocios todavía más y se granjeó la enemistad de las elites conservadoras que habían ejercido el poder sin ninguna competencia.

 

No obstante, el propósito de la alianza del Partido Demócrata; de los sectores empresariales y de las finanzas de Bangkok; de los terratenientes del sur y del poder judicial, junto a los generales, es mucho más profundo: la permanencia de un régimen basado en la hegemonía de todos ellos frente al ascenso de los movimientos populares del campesinado del norte y nordeste; de los trabajadores industriales y de la parte de la burguesía de las ciudades más marginada por la globalización.

 

Romper la democracia

 

En un escalón más del acoso y derribo al gobierno, el Tribunal Constitucional anuló los resultados electorales de febrero de 2014 y destituyó el 7 de mayo a la primera ministra Yingluck Shinawatra, hermana de Taksin, acusada de abuso de poder por el traslado de un funcionario. El jefe de la oposición, Suthep Taugsuban, procedente de una familia monárquica con propiedades en Surat Thani, en el Sur, es el nuevo defensor de las clases acomodadas de Bangkok y de las grandes ciudades, inquietas por las transformaciones económicas y sociales y la llegada a la política de los campesinos del Nordeste.

La táctica movilizadora de la oposición al gobierno de Yingluck y a su partido Pheu Thai en los últimos ocho meses ha sido evidente: manifestaciones en la calle y ocupación de edificios oficiales con la intención de provocar una reacción violenta de la policía, impulsada por el Ejecutivo, y forzar así la intervención de los militares. La estrategia es más estructural. Consiste en convertir las instituciones democráticas (elecciones libres, Constitución igualitaria, libertades públicas, justicia social…) en una carcasa hueca. Luego, se instalaría en su lugar un denominado Comité para la Reforma Democrática y Popular o Consejo del Pueblo, elegido entre las “personas decentes e influyentes”, dicen ellos, con un primer ministro designado directamente por el rey.

Y es que la aristocracia industrial, financiera y propietaria de tierras, la monarquía y el Partido Demócrata – que no ha ganado las elecciones en 20 años debido al mayor peso demográfico del campesinado del norte y nordeste, feudos de los Shinawatra – creen más en una autocracia patrimonial y jerárquica que tutele a la población – especialmente al campesinado, al que considera incapaz de elegir a sus dirigentes – que en un cambio político orientado a promover una democracia verdadera, auténticamente representativa y socialmente más equitativa.

Está en juego todo el sistema político de Tailandia, en gran medida porque estas elites han obstaculizado siempre el desarrollo democrático. La quiebra política y social en Tailandia sitúa a un lado del precipicio al campesinado empobrecido por el declive de la agricultura; a los pescadores; a los pequeños comerciantes; y a los trabajadores urbanos, sobre todo del norte y del nordeste, calificados con desprecio por las clases altas como prai o siervos. Ahí se sitúan también las personas desclasadas, que sobreviven a duras penas en la economía informal, apartadas por un sistema económico global especulador, y también una parte de las clases medias de las ciudades, que aspiran a una mayor apertura y a la posibilidad de relevo político.

Con una gran capacidad de organización, desde los pueblos hasta los distritos provinciales, detrás del lema de “abajo el amat (aristocracia)” la población más excluida exige no perder ventajas sociales, como el acceso a la sanidad y a la educación y los programas de ayuda al consumo y a la producción.

 

Desarrollo y desigualdades

 

La exportación de productos agrícolas, sobre todo el arroz, es el mayor ingreso del país desde el año 2010. Minerales como el tungsteno (2º productor mundial) y el estaño (tercero mundial);  la industria del motor; de la informática; del textil, y de las joyas permiten una diversificación que ha contribuido a un desarrollo económico importante, con índices de crecimiento del 6% anual. No obstante, las diferencias sociales y la pobreza abundan más que la primera impresión que ofrece Tailandia.

Sus problemas tienen igualmente un componente social: la enorme y persistente desigualdad en la distribución de la riqueza, según áreas geográficas, con un alto nivel de especialización productiva cada región. El norte y el nordeste del país producen arroz y madera. Allí vive el 52% de los tailandeses y cerca del 30% de las personas con menos medios. Son las regiones más pobres al estar alejadas del centro económico, financiero e industrial, que es Bangkok, donde las tasas de pobreza descienden hasta el 1,4%. En la llanura de Chrao Praya, en el centro del país, dominan los arrozales y en el sur, a la orilla del océano, los productos marítimos, el caucho y los frutales.

 

Arrozales cerca de Chiang Mai Imagen: cc echiner1 en Wikipedia

Arrozales cerca de Chiang Mai. Imagen: cc echiner1 en Wikipedia

 

El Asia Sentinel de Hong Kong recoge los datos de un sociólogo tailandés: el 1% de las cuentas bancarias poseen el 42% del ahorro del país; el 20% de las personas más prósperas de Tailandia disponen del 69% de las riquezas nacionales y el 20 % más empobrecido posee sólo el 1%. En 2002, el 68% de los tai vivían en el campo y un 12,6% no conseguían más de 2 dólares al día, mientras en las ciudades, con una población del 12%, la pobreza alcanzaba al 3% de sus habitantes. Los disturbios han acarreado siempre riesgo e incertidumbre y el descenso del turismo (que representa el 6% del PIB) y, por tanto, despidos en un sector que  emplea a casi dos millones de personas.
Por otro lado, en Tailandia, las primeras víctimas de cualquier conflicto son los inmigrantes de los países vecinos, especialmente los 2 millones de trabajadores clandestinos, procedentes en su mayoría de otro país devastado por las ambiciones de sus dirigentes políticos, Birmania. La inmigración aporta el 6% del PIB de Tailandia. Muchos de ellos trabajan en las industrias agroalimentarias, en condiciones duras, peligrosas y sin derechos y ahora sienten la amenaza de la deportación. Como les puede ocurrir a los miles de refugiados de las minorías étnicas de los países vecinos, huidos para  poder sobrevivir.

 

Problemas de las minorías en el sur

 

Las autoridades tailandesas, sean del signo que sean, pero siempre de la etnia mayoritaria tai, tienen un desafío suplementario en esta y otras crisis anteriores. Es más desconocido y su desarrollo futuro podría cuestionar la unidad del Estado: los enfrentamientos armados y disturbios en las tres provincias del sur (Yala, Pattani y Narathiwat) donde viven 2,6 millones de personas de confesión musulmana. En cinco años han muerto allí alrededor de 3.600 personas, la mayoría civiles. Las Fuerzas Armadas tienen destacados en la región 66.000 soldados. Amnistía Internacional  ha denunciado violaciones de derechos humanos. Estas tierras fueron incorporadas en Tailandia en 1902 y sus habitantes nunca han dejado de reclamar mayor autonomía. Varios de los grupúsculos que configuran el TUSU (Thailand United Southern Underground) proponen la instauración del antiguo sultanato de Pattani. Este enfrentamiento permite adivinar dos consecuencias: el reforzamiento del aparato militar en todo el país y la obligación de todos los partidos de consolidar un sistema plenamente democrático, alejado de pucherazos y del clientelismo partidista. Papel mojado ahora con el golpe de Estado.

 

Relevo real

 

El momento escogido para la salida de las Fuerzas Armadas de los cuarteles no es causal. Se dan dos circunstancias: primero, la extrema debilidad del gobierno, acosado por las algaradas de los activistas del Partido Demócrata y organizaciones afines y por las instituciones judiciales. Asimismo, la enfermedad  del rey Bhumibol Adulyadej, de 86 años, autoridad casi sagrada (Rama IX), entronizado hace 64 años y el rey más rico del mundo, con un patrimonio de 23.600 millones de euros, como indica la revista Forbes. Un posible fallecimiento del monarca dará la jefatura del Estado y de la dinastía a su hijo Maha Vajiralongkorn, escasamente popular entre la población. Ante un posible vacío de poder y un riesgo excesivo, los militares han dado un paso al frente y vigilan de esta manera el  proceso de transición. La solución será peor que los riesgos que quiere evitar.

 

 

 

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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