Ucrania: una larga crisis
Un activista de la Unión Pro-Europea vigila la cima de las barricadas que rodean un campamento fortificado durante un mitin en la Plaza de la Independencia en Kiev, Ucrania, Martes, 17 de diciembre 2013. AP PHOTO/ALEXANDER ZEMLIANICHENKO

Desde noviembre de 2013 miles de personas han tomado las calles, de forma predominantemente pacífica. En los últimos días se ha producido un notable incremento de la tensión en Kiev y otras ciudades de Ucrania. Los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de orden público están produciendo un número considerable de muertos y heridos, así como grandes daños materiales. Es el fracaso de la Rada (Parlamento) en sus intentos de lograr una solución negociada entre la oposición y el presidente Yanukovich, que ha maniobrado frente a los diversos sectores de su grupo político, el Partido de las Regiones, dividido en cuanto al uso de la mano dura o de la moderación como salida al conflicto.

El detonante del problema actual ha sido el aplazamiento por parte del Presidente Yanukovich de la firma prevista del Acuerdo de Asociación y del Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, sometido a fuertes presiones de la Unión Europea y de Rusia. La Unión Europea ve con interés garantizar el flujo de gas y la ampliación del territorio en el que sus empresas van a encontrar importantes oportunidades de negocio al acceder en condiciones muy ventajosas a un mercado tan sustancioso como el ucraniano (Ucrania tiene un peso económico unas cuarenta veces inferior al de la UE). Moscú teme que peligre su influencia en Ucrania, país vecino al que considera un elemento clave para su Unión Aduanera y posterior Unión Euroasiática, un mercado previsible de 200 millones de consumidores, en el que se incluirían además, Kazajstán, Bielorrusia y Armenia. Todos los agentes interesados (Unión Europea, EE. UU., Rusia) juegan sus bazas.

Se ha tendido a explicar esta crisis, de una manera generalizadora y, por lo tanto, excesivamente simplista en términos de confrontación entre, de una parte, Ucrania del Norte y del Oeste, con un uso mayoritario del ucraniano, una mayor presencia de la Iglesia católica e históricamente ligada a las potencias centroeuropeas y, de otra, Ucrania del Sur y del Este, rusófona, con una mayor presencia de las Iglesias ortodoxas e históricamente ligada a Rusia. Sin embargo, esa frontera dista mucho de poder ser diseñada claramente en el territorio y las cosas son, en realidad, mucho más complejas.

No podemos trazar una línea entre una Ucrania rusófona y otra de lengua ucraniana, ya que las protestas se están desarrollando por todo el país, si bien con mayor apoyo en las zonas del norte y del oeste. Tampoco resulta adecuado señalar que la protesta del Euromaidán tenga por objeto fundamental reclamar el acercamiento de Ucrania a la Unión Europea, ni que sea un movimiento controlado por grupos de extrema derecha, antirrusos y anti Unión Europea, aunque abunda un poco de todo ello.

 

No es un enfrentamiento de nacionalistas ucranianos frente a los sectores de población prorrusos, ni de grupos de derecha contra grupos de izquierda.

 

Es difícil entender estos acontecimientos fuera del contexto histórico reciente: la profunda crisis global provocada por el derrumbe de la URSS en diciembre de 1991 en los quince nuevos Estados de ese territorio que solemos denominar como “postsoviético”. Excluida Rusia, el principal en territorio europeo es, sin duda, Ucrania, la “frontera” del mundo eslavo con el espacio germánico centroeuropeo, donde la llamada “revolución naranja”, que saltó a los medios de comunicación a finales del año 2004, hizo visible dicha crisis. La causa fundamental de dicha revolución fue el fraude electoral cometido por el Partido de las Regiones, liderado por Víctor Yanukovich. El vencedor del conflicto fue Víctor Yushenko, entonces líder del partido Nuestra Ucrania, quien nombró Primera Ministra a Yulia Timoshenko, dirigente del partido Batkivshchina (Patria). Su colaboración duró poco tiempo y acabaron disputándose el poder y arruinando su capital político. En las elecciones legislativas anticipadas ganó por amplia mayoría el partido del apenas dos años antes defenestrado Yanukovich y Yulia Timoshenko acabó un año después en la cárcel, condenada por malversación de fondos públicos con motivo de la firma de un acuerdo para el suministro de gas por Rusia, que favorecía paradójicamente los intereses de ésta.

Todo ello condujo a un incremento de la crisis global del país, sin enfrentarse al que, probablemente, es uno de los mayores problemas en Ucrania: la corrupción, en la que participan las élites políticas de todo signo y los oligarcas enriquecidos tras los procesos de privatización que siguieron a la desaparición de la URSS.

Es difícil determinar quién está en las calles, quién controla el movimiento de contestación social, quién mueve los hilos entre bastidores. Estamos ante un complejo movimiento popular, que expresa el profundo malestar reinante en la sociedad ucraniana frente al sistema, donde son objeto de crítica no sólo los partidos políticos que sustentan al Gobierno, sino también los partidos de la oposición parlamentaria. La violencia desatada en estos momentos parece que sólo podrá ser contenida con cambios de alto calado, alcanzando a las más altas instancias de las instituciones políticas. ¿Estamos ante el final de esta larga crisis?

Ucrania: ¿final para una larga crisis? de Espacio Redo en Vimeo.

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Juan Miguel Vicente

Juan Miguel Vicente

Colaborador
Asesor técnico en el Servicio de Formación Profesional del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra. Analista especializado en Europa Central, Oriental y Rusia.
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