Islamismos, salafíes y yihadíes
Antes de que los peregrinos se desplacen a otras ciudades para los rituales del Hajj, completan primero el tawaf dando siete vueltas alrededor de la Kaaba. cc Fadi El Binni para Al Jazeera

Islam político

Junio 2012

 

El frenazo a la democratización en Egipto da más importancia si cabe a los islamismos, que consideran el islam como una religión y forma de vida y, además, la clave central de la acción política. En su opinión, es preciso volver a los fundamentos del islam para superar los desafíos y problemas de la sociedad contemporánea. Sin embargo, hablar de islam fundamentalista –  como se les define habitualmente- provoca confusión. Puede implicar interpretaciones extremadamente inmovilistas y defensoras de la legitimidad del poder (Arabia Saudí) u otras que realizan una revisión crítica de la tradición musulmana y pretenden edificar un nuevo orden social y político, cuya referencia es la comunidad de Medina en la época del profeta Muhammad.

Las raíces de los islamismos están en la misma historia y evolución del islam, aunque intentan dar respuestas actuales. Los movimientos islamistas contemporáneos subrayan que no basta ser creyente y convocan a la población musulmana a la acción personal y colectiva. La ley islámica no sería tanto la estrecha aplicación jurídica y ritualista de las normas como un proceso dinámico y adaptado a cada sociedad, encaminado hacia  una ética civil y religiosa. Divididos e incluso enfrentados, en cada país presentan particularidades diferentes, que muchas veces se disputan la interpretación y el escenario social y político, en términos más dogmáticos o bien más reformistas.

El activismo político y social diferencia a los islamismos más moderados de otras corrientes radicales, herederas del pensador Sayyid Qutb, en la versión del islam suní, o de Jomeini en la heterodoxia chií. Para los islamismos tradicionalistas la prioridad es la vuelta a la práctica religiosa en la vida cotidiana (rezos, ritos, el pañuelo en las mujeres y su marginación de los espacios públicos) y una acción en la base social, mediante la creación de lugares de encuentro, clubes, escuelas, cooperativas, dispensarios y asociaciones caritativas. A esta aplicación moralizadora, el islamismo más politizado añade la movilización directa contra los Estados y las estructuras musulmanas oficiales.

Las elites nacionalistas, liberales y socialistas surgidas tras las independencias implantaron modelos de desarrollo que no han solucionado los problemas centrales de sus países: pobreza; vivienda; soberanía económica; reparto equitativo de la rentas obtenidas de los recursos naturales; trabajo; educación… Asimismo, fabricaron regímenes autoritarios y corruptos que han negado la libre participación política a su ciudadanía y manipulado sindicatos y organizaciones populares.  En muchas ocasiones, el islam oficial ha legitimado a esos poderes establecidos. Si además añadimos   la agresiva injerencia occidental, están servidas las causas de la aparición de los movimientos políticos en el seno del islam. De esta manera, la mezquita se convierte a la vez en un espacio religioso y de discusión política – impedida en otros lugares – y las poblaciones de estos países viven el islam como un refugio para su identidad y una de sus escasas tablas de salvación ante las dificultades que atraviesa el mundo árabe e islámico.

 

El islam político destaca que ningún poder árabe y musulmán es verdaderamente islámico. La sociedad musulmana vive en un estado de ignorancia (yahiliya) y, por tanto, es imprescindible una reislamización como resultado de la influencia social y la acción política.

Arte callejero en la pared de una calle. Representada aparece una mujer musulmana con hiyab. cc Randy LemoineEl principio de la unicidad divina (tauhid) debe recorrer las ideas y prácticas religiosas frente a un islam popular apegado a las costumbres locales. No obstante, la comunidad (umma) no sólo es religiosa, sino política. Se acusa al tradicionalismo de acomodación a los poderes instalados y a las potencias extranjeras. El precepto musulmán de la limosna (zakat) se transforma en justicia social y la consulta (chura) representa la acción parlamentaria como culminación de procesos electorales libres. También rompen con la ortodoxia en el estatuto de las mujeres. Las islamistas defienden el acceso al trabajo y la educación y se expresan en el espacio público, aunque separadas de los hombres y con el pañuelo como símbolo de identidad religiosa. Los islamismos nutren sus filas de muchas personas desheredadas, pero sobre todo de la pequeña burguesía, la intelectualidad, los estudiantes y técnicos; es decir, sectores sociales urbanizados, empobrecidos por la crisis derivada de la inserción de sus economías en el capitalismo privado o estatal, y a los que se ha negado el poder político al que aspiran. Más que una reacción contra la modernización, los islamismos son producto de una modernidad injusta, individualista, decadente, materialista y derrochadora. Identifica esta situación con una sociedad de consumo occidentalizada, de la que sólo se aprovechan las elites privilegiadas y a la que la mayoría no puede acceder.

La actualidad acompaña a las ideas y existe una peligrosa contradicción. Se exige al islam político que respete las reglas de la democracia. Sin embargo, permanecen los viejos resortes de las dictaduras, como ahora mismo en Egipto: los tribunales acaban de invalidar todo el proceso de transición. En consecuencia, el rechazo a su fuerza política, lograda en las urnas, hace que a los islamistas sólo les quede la presión en la calle.

 

 

Salafíes y yihadíes

Septiembre 2012

 

Los infames atentados contra Estados Unidos en 2011 combinaron sendas estrategias de los grupos extremistas y violentos en el seno del mundo musulmán. Una, la doctrina del “enemigo lejano”, proclamada por Allah Azzam, precursor ideológico de Al Qaeda. Dos, al mismo tiempo, la lucha contra el “enemigo próximo”, cuya autoría recae en el egipcio Al Zawahiri, verdadero cerebro de la red terrorista y  ahora su máximo dirigente.

El ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono representó el castigo al contendiente lejano, calificado por los yihadíes de infiel, invasor e imperialista. Significó la culminación de una guerra oculta que mantenían  estos grupos y EEUU desde mediados de los años 80. También buscaba una reacción contundente de la administración de Bush jr. para sacar a EE.UU. de su fortaleza y atraerle a un escenario bélico de desgaste y posible derrota. ¿Resultado? En principio, éxito de los ideólogos radicales. Sin duda, el gasto gigantesco en las guerras de Afganistán e Irak ha contribuido a la debilidad económica de la gran potencia. Tampoco ninguno de esos dos países en los que se ha intervenido – con una gran dosis de violencia contra la población civil – ha logrado la estabilidad y un estado de derecho. Igualmente, los grupos terroristas implicados en el yihadismo se han extendido por África, Asia y Europa. Una amenaza más: en Occidente hemos perdido, en buena parte, algunos de los valores de los que hacemos gala, porque los estados han traspasado sus propias leyes. La seguridad – concebida como recorte de derechos individuales y colectivos – se ha impuesto en muchos casos sobre las libertades ciudadanas. Era otra de las intenciones de Al Qaeda: demostrar que la democracia occidental apenas tenía valor ni credibilidad.

Sin embargo, el objetivo de los extremistas era más preciso y cercano, en la tierra del islam. Pretendía indicar su decisión y poderío ante la comunidad musulmana, con la intención de lograr legitimidad social para combatir a los regímenes musulmanes.

No debemos olvidar otro propósito: la obsesión de liderar la reislamización ultraconservadora para ganar la partida al tradicionalismo y a la reforma islámica más abierta y crítica, ambas tendencias defensoras de la práctica pacífica del islam.
Bombardeo de las Torres Khobar en Dhahran, Arabia Saudí. 25 de junio de 1996.  Imagen de dominio público.La aplicación del tafkir ha sido la pieza esencial del recorrido de los grupos del yihad violento después del 11-S. Su significado es anatema, “acusación de infidelidad al islam”, como indica la profesora Luz Gómez en su imprescindible “Diccionario de islam e islamismo”. Jeques radicales como Al Rahman, Al Maqdisi y el mismo Al Zawahiri actualizan esta doctrina y le suman la obligación de tomar las armas contra los gobiernos musulmanes “impíos” y matar, si fuera necesario, a las personas musulmanas que no sigan y rechacen sus postulados. El islam oficial y los islamismos moderados consideran que es un desviacionismo peligroso. Los numerosos grupúsculos que componen el tejido del radicalismo violento son el resultado del cruce de las derivaciones más beligerantes de un sector de los Hermanos Musulmanes – en disputa con los reformadores – con las corrientes salafistas surgidas a finales de los 70, en la confluencia de la invasión soviética de Afganistán, el triunfo del islam chií en Teherán, la marginación del nacionalismo árabe y la extensión del wahabismo procedente de Arabia Saudí.

No obstante, los atentados del 11-S y los que se produjeron después crearon también las condiciones para que el extremismo yihadí decayera año tras año, a pesar de su capacidad para provocar otros actos terroristas. Muy pocos fieles han estado dispuestos a seguir las proclamas de los violentos. Más allá de su obsesión por el puritanismo y el dogma, esta vanguardia no ha dado respuesta a la pobreza, al desempleo juvenil, al futuro de la educación, a la falta de viviendas o a la salud en los países musulmanes. Su táctica terrorista ha provocado más rechazo que simpatías en el mundo islámico, porque la misma población creyente en el islam ha sufrido su violencia. Divididos, cercados y combatidos por los servicios de inteligencia, los extremistas sólo son fuertes en zonas aisladas, desde Somalia y Hadhramaut, en el sur de la Península Arábiga, hasta Pakistán, su base privilegiada. Aunque sus tesis sobre el islam todavía se escuchan en algunas mezquitas y madrasas, incluso en Occidente, el salafismo yihadí no ha participado en las movilizaciones sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Se encuentra desconectado de la sociedad y enfrentado con el islam político de los Hermanos Musulmanes, partidarios ahora de alianzas y consensos con otras fuerzas para ocupar su espacio de poder. Estos van a mover ahora las piezas del tablero.

Pero, en medio de la modernización y el cambio en las sociedades musulmanas, los movimientos islamistas deben resolver algunas incógnitas: la aceptación de la pluralidad de ideas y la libertad de interpretación sobre los textos y la historia del islam; el ejercicio de la democracia y de los derechos universales de hombres y mujeres; la marginación total de los violentos; y promover un desarrollo económico encaminado al reparto justo de los recursos. Le toca a Occidente no entorpecer este proceso con la imposición de intereses comerciales y de su hegemonía política.

 

 

 

Septiembre 2012

 

Musulmanes protestan en embajada de EE.UU. en Londres por polémico film. ©EFE

 

De nuevo los grupos ultraconservadores agitan las tierras del islam. Una infame película sobre el profeta Muhammad ha sido la provocación que necesitaba el extremismo más activista, intransigente y dogmático para cumplir su objetivo de ocupar las calles. Las ideas, métodos de actuación y tiempos de los radicales son independientes de que algún desaprensivo eche más leña al fuego con burlas contra el islam. Pero es un acicate para incrementar el apoyo social que antes apenas han tenido. Con su cólera pretenden lograr minutos en los medios para demostrar que existen, cuando se encuentran en inferioridad organizativa y de liderazgo, en medio de procesos de transición en los países árabes. Ellos no  son los principales protagonistas de las revueltas contra las dictaduras. Sin embargo, es verdad que esta tendencia extremista crece poco a poco – aunque de forma insistente – en abierta disputa con los movimientos islamistas, como los Hermanos Musulmanes, a los que consideran alejados de su interpretación de la ortodoxia.

 

Las sociedades araboislámicas atraviesan momentos de fragilidad y empobrecimiento. Presentan una fractura entre las concepciones de la religión, la política y las relaciones sociales más tradicionales y otras aperturistas y reformadoras.

 

En camino de vivir las libertades durante tanto tiempo prohibidas y arrebatadas, el conflicto interno es permanente, aunque dispar según los países. Está impregnado de una lucha por la supremacía ideológica en la comunidad universal del islam (disputa entre suníes y chiíes)  y política en el escenario regional (árabes/persas). Entre los suníes, los movimientos salafíes ganan adeptos en  Egipto, Libia y Siria. Su intención es impedir la democratización de los Estados, de la religión y de la vida diaria y obstaculizar la confluencia de fuerzas para cambiar esas sociedades también en favor de la justicia social.

En este contexto, las diferencias, contradicciones y hostilidades son habituales entre islamistas, salafíes y yihadíes, por más que en Occidente nos empeñemos en mezclar a todos y provocar confusiones, que sólo ofrecen imágenes de fanatismo y caos. Precisamente, la salafiyya, en su acepción mas original, fue una corriente musulmana reformista, creada a finales del siglo XIX en pleno Renacimiento islámico (Nahda) que consideraba imprescindible volver a la tradición representada por los “piadosos antiguos” (salaf) para superar la decadencia de sus sociedades. Dará lugar a movimientos rigoristas como el wahabismo en Arabia Saudí, pero también al liberalismo de Al Afgani y Muhammad Abduh, en las antípodas de los primeros.

Los múltiples grupos salafíes se suman a las posiciones más reaccionarias y tienen en común – entre otras cuestiones – la interpretación literal de los textos y enseñanzas; el puritanismo en la vida cotidiana; las reglas de una jurisprudencia omnipresente; la vestimenta y las normas lícitas (halal) frente a las prohibiciones (haram). Consideran que sus opiniones en el seno del islam son las únicas verdaderas y excluyen al resto, calificado de ignorante y enemigo. Antes rechazaban el juego político por impuro y proclive a la corrupción. Ahora, algunos de ellos entienden que pueden alcanzar sus metas más fácilmente mediante la participación política. Cuando su activismo se convierte en violencia, este sector salafí se suma a las proclamas y organizaciones yihadíes. No siempre, pero sí en los sucesos de estos días y en infinidad de atentados y acciones bélicas de Malí a Afganistán, con paso por Somalia. El yihad actual es asumido como una norma imperativa, personal y moral y como una práctica violenta obligatoria. De esta manera, la nebulosa de Al Qaeda y colectivos afines acogen con gusto a quienes proclaman la necesidad de una nueva conversión de las poblaciones musulmanas al islam más totalizador y dominante, además de la lucha contra las representaciones occidentales, el otro adversario a batir.

El rey de Catar, Hamad bin Khalifa (izquierda) y rey Abdullah de Arabia Saudí (derecha)

Sin embargo, en esta tensión se percibe al fondo una maraña de intrigas. Las petromonarquías de Arabia Saudí y Catar – sometidas también a sus propias pugnas de facciones y de áreas de influencia – financian a salafíes y yihadíes. Al mismo tiempo, Estados Unidos y algunos países europeos – blanco de los extremistas – son aliados de estos regímenes conservadores. Se entrelazan, superponen y priorizan intereses económicos y geopolíticos: acceso preferente al petróleo; distribución de los activos financieros; negocios de armamento y hegemonía regional de Israel. Desde luego, ningún jeque, ni fundación de la Península Arábiga cuestiona el capitalismo especulador ni las inversiones extranjeras en los países árabes. Su apoyo al radicalismo conservador también quiere impedir que los islamistas reformadores y sectores religiosos tradicionales amplíen su crédito entre la población. La extensión de los enfrentamientos sectarios entre suníes y chiíes – cada uno con sus tendencias  más extremistas y excluyentes – consolidan un panorama desestabilizador. La fragmentación religiosa y política profundiza la debilidad del mundo árabe y, por consiguiente, su falta de libertad e independencia. Es un freno más a las movilizaciones de sus poblaciones y, por tanto, a las reformas.

 

 

Violencia sectaria en Londres

Mayo 2013

 

El asesinato de un militar en la capital británica es un ejemplo más de la manipulación que los extremistas realizan de la aplicación de algunos conceptos del islam. Igual sucedió hace poco en Boston, antes en Francia y en otros lugares del mundo.

Aunque sin relación directa entre ellos, tampoco son hechos aislados y puntuales. Deben considerarse como la consecuencia de un adoctrinamiento primario, desviado y tendencioso por parte de algunos imames radicales en Occidente y en las tierras donde la religión islámica es mayoría. Se combinan al menos dos causas. Una es la pretensión de que las interpretaciones violentas del yihad ganen espacio en el mundo islámico, en disputa con los musulmanes tradicionalistas y reformadores. Mediante una red de influencias ideológicas más que en organizaciones con un mando unificado, han logrado extenderse por África, desde el Sahel a Nigeria, Somalia y Camerún. Mantienen adeptos y grupos en Pakistán, Afganistán, Yemen, Irak y ahora en Siria. 

Otra motivación es demostrar a sus simpatizantes que estos ataques son una respuesta imprescindible a la agresividad occidental contra el islam. Es cierto que Gran Bretaña interviene militarmente en el cuerno de África y en Afganistán. Asimismo, apenas es noticia que recientemente fueran asesinados un musulmán al salir de la mezquita de Birminghan o civiles paquistaníes por los drones estadounidenses. Grupos xenófobos han arremetido contra tiendas de musulmanes y mezquitas. Qué más quieren los radicales para advertir que existe un enfrentamiento inevitable.

Pero nada justifica el odio y la violencia. El primer ministro David Cameron y Farooq Murad, presidente del Consejo Musulmán de Gran Bretaña, han coincidido en que el terrorismo en Londres “es un insulto a Alá y a la fe islámica”.

Un grupo de musulmanes reza en la mezquita de Regent's Park en Londres.No obstante, separar el atropello de la doctrina implica recordar que es preciso ajustar los significados y las diferencias de las palabras. Los ulemas suníes indican que el yihad equivale a esfuerzo de conversión y superación. Un acto íntimo y voluntario de mejora individual. También es sacrificio, entrega a la comunidad, especialmente cuando es amenazada. Es el “yihad mayor”. Algunos estudiosos del islam señalan que hablar incluso de “terrorismo yihadí” alienta la confusión. Un concepto islámico más adecuado para denominar esta tendencia sería que es una bida, término que puede ser traducido como una “innovación fuera del islam”, por tanto “detestable e inadmisible”. Además, existe el “yihad menor” como defensa del islam. Fieles armados contra el enemigo externo o interno, en la disputa entre las diversas corrientes del islam.  Fueron las tesis de las yihades lideradas por jeques y mahdis sufíes y tradicionales contra las invasiones coloniales de África, el Cáucaso, Asia Central y la India. La polémica y la tensión entre interpretaciones diferentes han permitido que muchos grupos extremistas se apropien del término yihad y lo conviertan en un apremio moral y espiritual; en una práctica de la vida cotidiana basada en la experiencia (incluido el martirio) y en una acción bélica que se transforma en terrorismo.

Al margen de la tradición ortodoxa y central del islam, el yihad se ha extremado hasta la versiones de Abd al-Salam Fárach, que eleva el yihad a sexto pilar del islam; Abd Allam Azzam, imam del yihad como obligación individual; y desde 1980, en la guerra de Afganistán, Aimán al-Zawáhiri, cerebro de Al Qaeda y del yihad global contra “los musulmanes impíos y próximos” y el “infiel lejano”, en la que el uso de las armas supera a la predicación religiosa.

Con grupúsculos diversos, algunas veces enfrentados y con matices contrapuestos, esta tendencia es una respuesta interna a la crisis del mundo islámico. Aprovechan un estado de ánimo convulso y un comunitarismo excluyente y encerrado en sí mismo, en ruptura con Occidente. Pregonan la lectura literal de los textos y la moralización rigorista. Crean espacios islamizados dogmáticos, en los que sus prácticas religiosas son más importantes que la reclamación de los derechos políticos y sociales. A estas apreciaciones, que podrían asumir no pocos musulmanes, los extremistas añaden el ejercicio imperioso de la violencia. Ellos establecen esta diferencia esencial, que les hace minoritarios aunque efectistas.

Coinciden así los grupos ultraconservadores de la primera y segunda generación de los años 80 hasta la actualidad – surgidos de su oposición a los islamistas y los tradicionalistas – con las nuevas promociones de jóvenes que viven en Occidente. Muchos de ellos han roto sus lazos familiares aquí y en sus países de procedencia. Sin arraigo, no encuentran suficiente acomodo en nuestras sociedades y, como nuevos conversos, se refugian en colectivos con un discurso intolerante, que les proporciona fuerza y una supuesta salvación. Con esta visión, pueden matar en Londres o trasladarse a combatir en Siria, el Sahel y Asia Central, donde reafirman sus opiniones.

En el islam Dios es Clemente y Misericordioso; por tanto, los musulmanes tienen que ser los primeros que luchen con la razón, el convencimiento, el ejemplo y la sabiduría contra esta versión degenerada de su religión.

 

 

Ceuta y los yihadíes

Junio 2013

 

En los últimos meses el yihadismo violento preocupa mucho a las fuerzas de seguridad y a la opinión pública: atentados de “lobos solitarios” y ahora en España el alistamiento de jóvenes en Ceuta con destino a Siria. Por su resonancia, los yihadíes parecen mayoritarios en el islam. Nada de eso: son grupúsculos, en gran medida desconectados entre sí y enfrentados a sus comunidades religiosas. Responden a una interpretación perversa y dañina de la religión islámica y creen que su obligación es extenderla mediante la violencia, especialmente contra los musulmanes que no piensan como ellos.

Una vez más, conviene recordar algunas de las tesis sobre esta corriente, que considera el yihad como el sexto pilar del islam, para no alentar confusiones con los musulmanes e islamistas verdaderos.

Surgido en los años 70, el yihadismo proponía la creación de vanguardias armadas contra los gobiernos dictatoriales del mundo árabe, porque eran contrarios a su versión del islam y aliados de Occidente. Dos fechas destacadas de sus acciones terroristas fueron el asalto a la Meca en 1979 y el asesinato del presidente egipcio Sadat en 1981.

Abd Allah Azzam, en el centro.En plena guerra de Afganistán (años 80), los yihadíes adquirieron mayor protagonsimo y movilización cuando Abd Allah Azzam indicó en sus libros la necesidad de acudir a luchar contra los soviéticos y un régimen impío, materialista y ateo. Fue un llamamiento internacional al compromiso individual y social en pro de un yihad  purificador que también debía oponerse en el islam a las opiniones tradicionales y liberales en materia religiosa y política, calificadas de “sedición e idolatría”. Contó con el apoyo de las fundaciones wahabíes y ultraconservadoras y de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí y de Pakistán, de acuerdo con Estados Unidos, empeñado en ganar la “guerra fría” a la URSS. Después, Bin Laden y sobre todo Al-Zawáhiri, con Al Qaeda  y todos sus grupos afines, desde los 90 hasta hoy, convierten el yihad en una acción violenta universal y global, destinada a derrocar a los gobiernos musulmanes impuros (el primero, Arabía Saudí) y a los nacionalistas árabes (Irak, Libia, Siria), todos tan dictatoriales e intransigentes como los yihdíes. Pero, a la vez, reclaman y ponen en marcha una yihad contra el “enemigo lejano” (los países e intereses occidentales), porque invaden y ocupan con tropas y bases las tierras del islam; favorecen económica y políticamente a esos régímenes y a Israel y representan los “males” del materialismo, indivualismo e inmoralidad. La culminación de este terrorismo serán los ataques a Nueva York, Madrid y Londres.

No obstante, sus objetivos centrales se encuentran en la misma sociedad islámica, considerada en “estado de ignorancia”, para ellos con demasiadas influencias de un islam plural, pacífico, místico y apegado a las tradiciones locales. De esta manera, cometen un sinfín de atentados e incursiones que recorren África, Oriente Medio, Asia Central y el Sudeste asiático, merced a la extensión de células y movimientos extremistas en estas regiones; a la intensa propaganda a través de internet y a la enseñanza de su doctrina y tácticas en  las bases terroristas implantadas en zonas de conflicto.

 

Los imames extremistas proclaman la conversión a un islam, ritualista, maniqueo e intransigente. Procedentes primero del mundo árabe, actualmente son transnacionales y se introducen en algunos espacios islamizados en Europa para manipular los sentimientos y convicciones religiosas de algunos creyentes.

 

La convicción de que el islam en su conjunto está asediado y es atacado favorece el equívoco entre la legitimidad de un yihad defensivo, que no admite matar a civiles, u ofensivo, en el que se puede eliminar a cualquiera. La precariedad económica; el comunitarismo encerrado en sí mismo y excluyente; el desarraigo en una sociedad occidental que poco hace por entender sus problemas y les margina son el caldo de cultivo que contribuye a esta radicalización. De esta manera, es fácil hacer caso a las proclamas de líderes que les ofrecen la salvación mediante el yihad violento y el sacrificio, como un imperativo de ayuda a las víctimas musulmanas allí donde son agredidas o rechazadas.

Sin embargo, más allá de su obsesión por el dogma y la moralización rigorista de la vida cotidiana, el yihadismo violento no ofrece respuestas a los problemas de las poblaciones musulmanas: el empobrecimiento; el desempleo juvenil; el acceso a la salud y a la vivienda; los derechos civiles y las libertades ciudadanas.

En las detenciones de Ceuta se muestran las contradicciones de la guerra en Siria y entre las diversas tendencias en el islam. Los aliados occidentales se disponen a entregar armas a la resistencia siria, de la que forman parte las milicias yihadíes para las que se reclutan activistas. Algunos, ya adoctrinados, volverán como posibles ejecutores del yihad en ciudades, que consideran un territorio a liberar porque la población musulmana es numerosa. Frente a esta amenaza, es imprescindible la acción policial, pero no confundamos a los musulmanes con los yihadíes. Precisamente, estos extremistas aspiran asimismo a controlar las comunidades islámicas. No les demos nuevas bazas.Fotograbado de la Kaaba, titulado «Magnetismo», que se expone en el British Museum

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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