Kenia: disputas y violencia en las elecciones
Elecciones en Kenia 2017

Javier Aisa Gómez de Segura. Periodista especializado en actualidad internacional (Espacio REDO)

En memoria de nuestro profesor y amigo Ángel Alfaro, africanista de saberes y corazón,  fallecido recientemente.

Este verano han sucedido más noticias internacionales que las bravuconadas de Kim Jong-un, Trump y Maduro… Aunque muchos se olviden de lo que sucede en África. Sin embargo, nos debería interesar esta vez Kenia porque allí la violencia postelectoral se ha manifestado en las calles, con decenas de personas muertas. Asimismo, porque Kenia es un país estratégico contra el terrorismo yihadí, procedente de células propias o de la  vecina Somalia, donde tiene desplegados 3.600 soldados. Fueron los atentados del West Gate en Nairobi, 2013, y en la Universidad de Garisa en 2015; cerca de 250 víctimas mortales. También nos podría preocupar Kenia porque es un país que recoge a cerca de 700.000 personas refugiadas en los campos infrahumanos de Dadaab, en el noreste, frontera somalí, y 160.000 más en Kakuma, en el norte, la mayoría huidas de los combates en Sudán del Sur.

La denuncia de las injusticias económicas y sociales y la solidaridad son más razones para recordar Kenia, segunda potencia económica del Este de África, con un crecimiento del PIB (70.000 millones de dólares), del 5,5% anual, pero el número 145 de los 187 países en el Índice de Desarrollo Humano y un 46,3% de sus 46,5 millones de habitantes, que sobreviven con menos de tres dólares al mes. Otros dos motivos: la marginación  y la violencia de género. El analfabetismo entre los hombres es del 9% y un 20% en las mujeres. Las estadísticas revelan que un 75% de las mujeres kenianas han sufrido la mutilación genital.

 

Tensión y sospechas en las elecciones

 

Los resultados definitivos de las elecciones se han conocido el 10 de agosto. Ganador, el presidente actual Ohuru Kenyatta, con un 54,27%, contra el 44,74% del veterano opositor Raila Odinga. Su coalición (NASA, National Super Aliance) ha acusado inmediatamente de fraude al gobierno actual y han comenzado las protestas. El índice de participación ha sido alto: en torno a un 70% de 19 millones de personas en el censo electoral. En las encuestas se daba un  empate técnico.

La tensión había crecido en las semanas precedentes a los comicios. A pesar de que las 41.000 oficinas de votos han dispuesto de tabletas táctiles y biométricas para identificar a los votantes y transmitir rápidamente los resultados, dos hechos reafirmaron la desconfianza y el riesgo de fraude. Una campaña de propaganda en la que el Gobierno ha fabricado, con sus piratas informáticos 40.000 noticias fake news (noticias falsas), bien editadas y difundidas, contra la oposición. Nueve de cada 10 posibles votantes las han visto en un país donde un 40% de la población se entera de lo que pasa por internet y 7 millones de personas disponen de cuenta en Facebook.

Igualmente, ha contribuido al recelo sobre los resultados, la aparición ocho días antes del escrutinio del cadáver de Chris Msando, director tecnológico de la Comisión electoral y apreciado por la oposición.

Desde la independencia en 1963 hasta los comicios de 2007, la Constitución de Kenia se modificó una treintena de veces y se ampliaron los poderes presidenciales frente a los poderes judicial y legislativo y aumentaron la persecución de los opositores y las ejecuciones sumarias. Después, se formaron gobiernos de unidad nacional y se instaló un sistema democrático multipartidista en 1992.

Se teme que puedan estallar disturbios, como en los comicios de 2007, cuyos resultados fueron amañados. Entonces, los partidarios del líder que se proclamó vencedor, Mwai Kibaki, apoyado por el presidente actual Uhuru, atacaron a los seguidores de Odinga. El balance de 59 días de represión a cargo de los Munguki Kikuyu de Kenyatta fue de 1.100 personas muertas y 600.000 desplazadas. No obstante, la oposición ha optado por una contestación pacífica e institucional. Fnalmente, Raila Odinga ha apelado al Tribunal Supremo para que investigue las elecciones y reclamar su victoria.

 

Influencia étnica

 

Llueve sobre mojado, porque las causas de estos enfrentamientos obedecen a disputas entre las élites y clanes de dos fundadores de Kenia: Jomo Kenyatta y Oginga Odinga, padres de los políticos en liza electoral ahora. En definitiva, el choque interesado de los grupos étnicos que lidera cada político, según el reparto de las riquezas y de las tierras de Kenia, más favorable siempre a los kikuyu, la etnia dominante.

Es imposible entender Kenia sin tener en cuenta sus 44 grupos étnicos e innumerables clanes. “Uhurato”, es la suma del líder Kikuyu, Kenyatta, (un 17% de la población, el más numeroso, en el centro del país), y William Ruto, su aliado Kalenjin (12%, mayoría en el valle del Rift). Los dos están unidos en el Jubilee Party, aunque los Kalenjin fueron perseguidos por los Kikuyu en las masacres de 2007. Los cambios en las alianzas son obligados cuando ningún grupo étnico alcanza más del 30%, lo que hace inviable cualquier gobierno sin esos acuerdos.

El bloque rival también tiene base étnica, encabezada por Odinga, jefe de los Luo, al Oeste, junto al lago Victoria (10 %) y lo integran también los Luhya (13%), también al Oeste, los Kamba (9,8%), centro-oeste, y otros como los Mijikenda de la costa (4,9%) y los Masaï (2%) en el sur. Una alianza conflictiva: en esta crisis algunos dirigentes que no son Luo han empezado a criticar a su propio candidato, Odinga.

Como en otros países de África,  en Kenia las élites y la población viven y actúan en un estado aparentemente moderno: con elecciones; separación de poderes al menos formal; amplia sociedad civil; inserción en la economía regional e internacional.

Las poblaciones, al mismo tiempo, tienen un profundo sentido de pertenencia a un grupo, que establece relaciones de solidaridad. Ahora bien, las etnias y los clanes pueden ser y actúan muchas veces como sistemas de coacción y de apropiación.

De las materias primas, las finanzas, el comercio y las tierras disfrutan en exclusiva las élites y en ellas su líder, al que se excluye de la crítica y patrimonializa el Estado. El clientelismo en beneficio de los suyos se transforma en corrupción y en grandes desigualdades sociales. Kenia tiene 26 puntos (0 el mayor, 100 el menor) en el Índice de Percepción de la Corrupción, según el Observatorio de la Transparencia.

Ohuru Kenyatta

Para ejercer ese poder se utiliza la propaganda, la acumulación de poderes y la violencia institucional mediante bandas armadas o el mismo ejército, que pasa de ser nacional a convertirse en las milicias armadas de los dirigentes. Es decir, las etnias y los clanes – que también llegan a enfrentarse entre sí- son un grave problema cuando son un aparato de negación de las libertades y de la distribución justa de los recursos a quienes “no son como ellos”.

Uhuru (libertad en swahili) Kenyatta ya en su segundo mandato, representa las élites más dominantes. Con una fortuna estimada en 500 millones de dólares, es el patrón de la empresa lechera Brookside, el Commercial Bank of Africa; el grupo de comunicación Mediamax y varios hoteles de lujo. Además, es el principal terrateniente de Kenia, propietario de unas 200.000 hectáreas adquiridas a bajo precio por su padre en los días de la independencia.

Sempiterno líder de la oposición (es su cuarta candidatura), Odinga se proclamó en su día socialista. Su padre simpatizaba con la China Popular; Raila incluso puso al suyo el nombre de Fidel. Ahora se considera socialdemócrata. En su haber, el impulso al procesos constitucional y democrático más avanzado en 2010. No obstante, muchos de sus votantes desconocen en parte la personalidad y el programa de Odinga. Es “agwambo”, el “misterioso” y dudan de que hubiera podido poner en marcha un programa sin el apoyo del sistema financiero internacional, en el que Kenia está muy enredado y de sus vecinos Uganda y Ruanda, cuyos presidentes, los autoritarios Museveni y Kagame, se han apresurado a apoyar a Kenyatta. Todas estas circunstancias han posibilitado su victoria, a pesar de ser discutida.

 

Riqueza y empobrecimiento

 

Los problemas de Kenia no son solamente las relaciones entre las etnias y los clanes. En gran medida, estas disputas ocultan diferencias económicas, que incrementan el descontento.

Las elecciones se han realizado poco después del incremento de los precios del maíz y de una sequía, a comienzos de año, que encareció el precio de los alimentos básicos. También se han producido huelgas de médicos y profesores por las limitaciones salariales y presupuestarias, en un país que tenía una deuda de 16.000 millones de dólares en 2013 y ahora es de 33.000 millones, un 54,42% del PIB, lo que equivale a 653 dólares por persona. La esperanza de vida es de 58 años. Además, el SIDA alcanza al 6% de la población y solo un 10% de las personas ancianas tienen pensión.

El libre mercado y la escasa reglamentación laboral han hecho que Kenia sea uno de los países preferidos de los inversores extranjeros para obtener grandes negocios: aviación, banca, turismo y telecomunicaciones. Empresas chinas como  China Communications Construction Company y China Road han destinado 5.400 millones de dólares a la extensión de las líneas férreas de Uganda al puerto de Mombasa en el Índico.

En Kenia, el porcentaje más alto de pobreza se encuentra en las zonas de pastoreo  del norte del país, que padece una aridez extrema y tiene poca vegetación. En algunas áreas, el 95% de las personas vive por debajo del umbral de pobreza y la sequía ha quebrado el modo de vida tradicional del campesinado y ha provocado sucesivas crisis humanitarias. Las tierras Kikuyu son más fértiles y poseen plantaciones de café, te y rosas, destinadas a la exportaciones.

El país vive una rápida urbanización. Se estima que para el 2050, la mitad de la población keniata vivirá en áreas urbanas. Este porcentaje tan elevado presenta grandes desafíos: actualmente, el 34% de los 17 millones de personas pobres de Kenia vive en barrios informales urbanos. Grandes superficies comerciales y bancos se encuentran en el centro de la capital, Nairobi. Pero en la periferia se asientan un centenar de slums (arrabales empobrecidos), entre ellos Kibera, habitado por un millón de personas, y otros como Kariobangi, Mathore y Dandore. En ellos se cebaron las masacres de 2007 y en estos comicios el voto ha favorecido a Odinga.

 

Poblaciones que resisten y crean

 

Volvamos al principio. Vale la pena prestar atención a Kenia porque también la Cooperación al Desarrollo de Navarra ha llevado a cabo varios proyectos y microacciones, especialmente educativos y sanitarios. Unos 350.000 euros, concedidos por el Gobierno de Navarra, desde 2012 al año pasado: María Salus Infirmorum; Amref Flying Doctors; RODE; Solidaridad, Educación, Desarrollo (SED); España con Acnur.

Con más motivo, tengamos presente Kenia porque  colectivos y organizaciones civiles de calle crean redes asociativas, que protagonizan múltiples alternativas económicas, sociales y culturales. Subrayamos solo algunas de ellas: precisamente en el barrio más empobrecido de Nairobi, Kibera. Allí existen la Escuela de Cine y festivales; jóvenes artistas crearon el Kibera Creative Art para luchar contra la delincuencia y el movimiento artístico, social y solidario Made in Kibera ofrece imágenes positivas de Kenia. Les apoya la ONG española Kubuka, colaboradora en iniciativas cinematográficas de One Fine Day y Ginger Ink, promotoras de películas como Nairobi Half Life y Soul Boy, esta última en la cartelera de Movistar y en una guía didáctica abierta en nuestra página web, del consorcio de ONGD de Navarra África Imprescindible. En este verano, conozcamos también que en Kenia no todo son amenazas.

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Javier Aisa
Co-fundador de Espacio REDO. Periodista especializado en actualidad y conflictos internacionales y docente en asociaciones, Centros Culturales y aulas de extensión cultural en las Universidades de Navarra, País Vasco, Burgos y Valladolid. Áreas de análisis preferentes: el mundo araboislámico y África subsahariana.
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