Habíamos olvidado que en Afganistán existe una guerra. A la vez que el nuevo secretario de Defensa de EE.UU., Chuck Hagel, llegaba a KabuI, los talibán han demostrado que pueden continuar con sus ataques móviles en carreteras y campos y con atentados, alejados unos de otros. Esta vez 18 muertos, entre ellos ocho niños, en Kabul y Khost, a 150 kilómetros. Advierten al presidente Karzai y a los mandos estadounidenses que es imprescindible contar con ellos: o toman el poder directamente o se negocia con sus jefes.
La alianza de las milicias del clan radical de Haqqani, los talibanes y los escasos grupos operativos de Al Qaeda renuevan su ofensiva violenta con ataques simultáneos en Kabul y otras ciudades. Han avanzado sus posiciones del sur al centro y el norte del país. Lugares de los que nunca se habían marchado, porque siempre han formado parte de la base social y de la vida cotidiana del paisaje pastún, etnia mayoritaria del país. Los talibanes habían roto las negociaciones que mantenían con Estados Unidos, gracias a los buenos oficios de Arabia Saudí y de Catar, las dos potencias árabes que ya se superponen en la hegemonía del mundo musulmán. No necesitan el diálogo y tienen nuevas bazas para consolidar su dominio.
La quema de coranes, la masacre cometida por un sargento desequilibrado y otros actos de arrogancia y desprecio protagonizados por soldados estadounidenses han enfurecido a la mayoría de la población, profundamente religiosa.