
- Artículo publicado en Diario de Navarra el 19/10/2011
En el sur de este país del cuerno de África, la población más débil de las provincias de Bakool y Baja Shabelle, en la frontera con Kenia, se muere de hambre. Personas ancianas y de toda edad, hombres y mujeres, y sobre todo niños y niñas se desplazan forzosamente al campo de Dabaab (Kenia) para recibir auxilio internacional, todavía muy escaso. Las cooperantes españolas han sido secuestradas a medio camino. La vida diaria de las gentes de esta geografía ha quedado arrasada por la sequía. Pero, el desastre tiene otras causas: el gobierno de Nairobi apenas ha invertido en el desarrollo de la agricultura, ganadería, educación e infraestructuras básicas de sus comunidades más desfavorecidas. Los precios de las semillas para obtener alimentos y de otros productos básicos se encarecen cada vez más. En los años 80 Somalia garantizaba el 85% de sus necesidades de cereales. En 2010 hubo una gran cosecha en la región de Baja Shabelle, muy fértil. Ahora ha llegado la sequía en medio de la guerra civil, que desde los años 90 ha hundido en el caos a las diferentes administraciones somalíes. Las autoridades corruptas de todas las facciones cobran impuestos a las ONG que reparten alimentos. Muchas veces la dependencia excesiva de esta ayuda acarrea pasividad, en vez de estimular la producción autóctona.
En el conflicto bélico de Somalia no se enfrentan tanto los clanes, entremezclados en cada uno de los contendientes, sino las comunidades rurales – llegadas a las ciudades para sobrevivir y que acaban marginadas – con las urbanas, ligadas a los poderes burocráticos.
Desde febrero de 2009, uno de los líderes de los Tribunales Islámicos, sheij Sharif Ahmed – un iman moderado sufí – dirige un ejecutivo transitorio de coalición, amparado por la Liga Árabe, las potencias occidentales y el despliegue militar de la Unión Africana. Está organizado en torno al Consejo de jefes de los clanes Hawiye. El gobierno de transición es incapaz de frenar el hambre por su incompetencia y porque su principal objetivo es controlar el país, en abierta lucha contra los grupos religiosos más extremistas y violentos: el Hizb Islami y las milicias Shabab, precisamente escisiones de los Tribunales Islámicos.
El desastre tiene otras causas: el gobierno de Nairobi apenas ha invertido en el desarrollo de la agricultura, ganadería, educación e infraestructuras básicas de sus comunidades más desfavorecidas.
Los radicales lograron más fuerza cuando enarbolaron el nacionalismo frente a la invasión que Etiopía, animada por Estados Unidos, emprendió en 2006. Las tropas ugandesas del contingente africano han sido decisivas para que el ejército gubernamental – más preocupado por el botín para sus fidelidades clánicas que por un sentimiento nacional somalí – haya expulsado de Mogadiscio, la capital del país, a los grupos yihadistas. Debilitados por su expulsión de los mercados de Bakara y Suud Baad, donde obtenían entre 30 y 60 millones de dólares al año por tasas comerciales, sus posibilidades de reclutamiento son menores, por la extensión de la hambruna y los desplazamientos de las poblaciones de las provincias del centro y del sur, en las que detentan el poder. Sin embargo, las milicias Al Shabab califican la retirada de movimiento táctico para reagrupar sus efectivos hacia el puerto de Kismayo, al sur, puerta de entrada de suministros de armas y municiones y de ingresos procedentes de las extorsiones. Todavía poseen capacidad operativa y lo demuestran con atentados, como los sucedidos en Uganda e incluso en Mogadiscio.
A comienzos de 2009, los grupos más extremistas unieron sus fuerzas en el Hizb al-Islam (Partido Islámico) encabezado por el sheij Aweys, sostenido por el gobierno de Eritrea, que busca el triunfo de los radicales para que mantengan la tensión con Etiopía, su enemigo histórico. Después aparecieron las milicias Al Shabab, aliadas y al mismo tiempo rivales de Aweys. Sus disputas son de concepción organizativa y procedencia. Los jefes del Hizb al-Islam defienden un tradicionalismo religioso muy conservador y a la vez nacionalista, apegado al territorio somalí. Al Shabab promueve el yihadismo global, promovido por extremistas llegados de otros países. La región es el quinto frente de Al Qaeda. Mucho más combativos y eficaces, han conseguido el liderazgo en el movimiento radical. Como todos los yihadistas salafíes, proclaman la unicidad de Alá frente a la diversidad en la interpretación; el puritanismo en las costumbres religiosas locales y en la vida diaria; una segregación de sexos estricta; los castigos corporales y la violencia contra otras tendencias musulmanas, sobre todo el islam liberal y tolerante – más enraizado en Somalia – de las órdenes sufíes (entre ellas la Ahl al Sunna wal Jama’a) los místicos humanistas en el islam, que creen en la intercesión de los santos.
En consecuencia, los posibles conflictos entre los clanes han quedado en un segundo plano ante el extremismo religioso. La guerra ha experimentado un giro: continúa la lucha entre el gobierno de transición y los yihadistas; pero las hostilidades son sobre todo entre dos maneras de pensar y aplicar el islam. Las cofradías sufíes se oponen también con las armas al desviacionismo político-religioso de los extremistas del Hizb al-Islam y Al Shabab, influenciados por el rigorismo wahabí y de Al Qaeda, que han asaltado varios cementerios y mausoleos sufíes.
Crisis política, nuevas formas de guerra, sequía, hambruna generalizada, huida de la población. No podemos olvidar Somalia.
Imágenes: “Left over from the war” por Carl Montgomery; y mapa de la guerra en Somalia de Wikipedia.


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